Antes de comenzar a escribir estas notas primero había pasado un buen tiempo pensando cómo mierda había llegado a esa situación vergonzante, la de tomar Internet como medio para comunicarme con mujeres y hacer propuestas de amor y sexo escondiendo mi identidad tras una fotos falsas y una verborragia de chivo intelectual. Hasta donde me llegaba la memoria, y durante cincuenta y pico de años de vida, nunca me había costado un ápice encarar una mina, lo hacía cara a cara e incluso con aliento de ajo y cebolla en la boca, y olor a chivo en las axilas, quitándome la cera de las orejas utilizando los dedos como tenazas o escupiendo los catarros a ambos lados de mis hombros sin que me inquietara la presencia de una fulana. Y menos me cuidé jamás del vocabulario utilizado para ganarles la delantera.
Luego de tanto pensar llegué finalmente a la conclusión de que las mujeres, aquellas que habían caído en mis brazos en algún momento de mi vida, al menos una media docena de ellas, habían decidido vengarse de mis arrebatos machistas utilizando a la única que había logrado enredarme con artimañas para hacerme el coco.
Para eso contaron con las desviaciones innatas de mi querida Juanita, a quien le encantaba, y le encanta, enfiestarse con dos o tres candidatos a la vez, mamarse algunas lechuzas y tumbarse todos los muñecos a su disposición. Pero además de esa ventaja debieron trabajar muy duro para armar un teatro de operaciones, arena circence completa, con pista de espectáculos, animales adiestrados, equilibristas y trapecistas, y una vez terminado el montaje, afincarme al escenario para interpretar mi papel de payaso.
Fue así que pudieron enroscarme la víbora y poner la pata en la trampa, cuando luego de tantos preparativos una tarde cualquiera me apersoné al “Pub 14” con intención de sorberme algunas ginebras y filtrarme algunos cigarros mientras hablaba de bueyes perdidos con los feligreses del lugar. Después de un rato de estar ahí sacándole chispas a mi lengua de chupasangre, inclinado sobre el mostrador escuché a dos nuevos parroquianos preguntarle a Sociq (el dueño del Pub) si sabía de alguien que podía llevarlos a la Ratonera. Yo era alguien, tenía la Traffic estacionada por ahí en la calle y tenía ganas de conocer la Ratonera , por lo que me acerqué y les dije que yo mismo los podía llevar. Nos presentamos; el más bajito y con pinta de indio enjabonado se llamaba Pelín, el más alto y con la cabeza rapada se llamaba Pupo. Yo, Perico, mucho gusto.
Así, hechas las presentaciones, me llamó Sociq a una parte de su local. Allí me dijo que tuviera cuidado con esos pavos, que no eran de fiar y que probablemente me meterían una trampa.
- ¿Con esa pinta de ladrilleros?-espeté yo.
- No importa lo que parezcan, tenga cuidado- me respondió.
Salimos hacia la Traffic , la arranqué y puse dirección al misterioso tugurio La Ratonera. Dentro de la camioneta me ofrecieron sexo gratis cuando llegáramos al lugar, pero yo rechacé cortésmente la invitación diciéndoles que me bastaba para conseguirlo y no acostumbraba a ir a buscarlo a esos lugares. Ellos se echaron a reír abriendo la boca como aspiradoras recogiendo toda la mierda del planeta.
Al rato de andar llegamos a la Ratonera , enfilamos hacia el local y entramos por la puerta principal como dueños de casa. Era el típico lupanar donde los especímenes se ponen en fila para que el cliente señale con el dedo cual es el culo que más le gusta. El más chiquitín de mis compañeros se acercó al de la barra, cuchicheó con el cantinero unos minutos y enseguida le pasó algo a la mano.
-Pago por los tres- dijo Pelín, y se puso a mirar los culos que desfilaban frente suyo.
- Si querían mujeres de éstas la hubieran conseguido en cualquier esquina- le dije al más alto- Para qué venir hasta aquí si lo que querían eran unos cucos.
- Porque en este garito tenemos crédito- me contestó Pupo.
Al momento los especímenes cuasi femeninos empezaron a desfilar frente a nosotros como lo hacen las modelos sobre la pasarela, una tras otra en fila india, pero éstas mostrando sus carnes miserablemente flácidas y desproporcionadas como si fueran un plato de exquisitez hedionda apetecible únicamente a los seres imaginarios llamados Ogros.
Yo prestaba atención como observador impasible, y de entre todos esos adefesios me pareció reconocer a uno de figura muy familiar, de vientre caído, senos elásticos, piernas gruesas y glúteos celulíticos; el calzón se le metía por el surco imperfecto de las nalgas flacas y chatas, que yo conocía muy bien por experiencia diaria, cuyo remate superior lo coronaba un tatuaje de trazos gruesos mal encastrados, producto quizás de una atención quirúrgica de dudosa profesionalidad, o de una rotura violenta de culo a manos de un burro salvaje y de pija descomedida. Y tanto me pareció familiar ese ejemplar que salté de la butaca, atropellé la fila de modelaje, tomé la quijada del susodicho prototipo con mi mano derecha, y la torcí violentamente hacia mí para ver su rostro de cerca.
Pelín y Pupo empezaron a cagarse de risa al cabo que yo reconocía la cara puntiaguda y porosa de Juanita.
-Queremos esta sola para los dos- gritó Pelín al encargado de la barra- vamos a hacernos los toros con esta vaca avarienta, jua, jua, jua.
Yo me puse como una montaña de grande y enfadado, y no porque estuviera celoso de la malparida de Juanita, que ya de antemano conocía por donde se perfilaban sus gustos, sólo de verlos reírse de mi orgulloso machismo a esos dos gusanosos es que empecé a encabritarme, y a bendecirlos con la imagen de la virgen de Guadalupe grabada en mi navajón de dos muelles, dos filos y treinta centímetros de longitud; les grité que había llegado la hora de cortarle el cuello a un par de ratas, y que lo iba a hacer luego de verlos aguijonearse a mi puta por ambos lados. Los perrunos se pusieron blancos de la turbación al verme en esa actitud, retrocedieron unos pasos hacia la puerta decidiendo que era hora de salir de aquel embole, pero les gané de mano y con la cabellera de la chiruza prendida en mi mano izquierda la arrastré conmigo para atascar con ambos cuerpos la de algarrobo y así frustrarles la fuga. El Pelín y el Pupo me pidieron calma, que ellos habían sido enlistados por otra gente para tomarme el pelo, que no tenían nada que ver y que la culpa era de la puta de Juanita que quería humillarme tirándome a la cara su miserable debilidad fóbica por la poronga, como si yo no supiera y recién viniera a enterarme de sus berrinches sexuales; ya los conocía desde hacía más de un cuarto de siglo y ésa justamente había sido la razón por la que me había unido al tren de vida de la miserable.
Ahí fue cuando me acordé de Sociq y su atisbo de carcajada antes de salir del Pub 14, y de la madre que me dio a luz.
-¡Que los parió!- les grité- ahora voy a cortarle los huevos y a marcar la cara de esta trigueña.
Ellos sabían que volaba de los nervios y que podían esperar cualquier cosa de mí, y como el dueño del local no decía esta boca es mía, empezaron a rezar como dos devotos de la Virgen del Rosario. En ese momento entraron una pareja de muchachos en busca de lo que a Juanita le gusta regalar por puro gusto, y a Pelín y Pupo se les abrió las puertas del cielo, salieron cagando hacia la calle, y de allí a la oscuridad de la noche. Yo salí tras ellos, dejando allí a mi media naranja en su salsa, que para eso había nacido ella, para mamarse y comerse todas las pijas posibles. Me dirigí hacia la Traffic , de allí hacia la ruta y de allí hacia mi casa. En mi vida volví a cruzarme con aquellos dos cagones de la joda, no tengo ni idea de si viven aquí, acá, o si se hicieron monjes de la Orden de los Culetazos, sólo sé que en el Pub de Sociq, por respeto y miedo a mi persona, jamás si hizo alusión al hecho. JE.
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