ESO ES LO QUE CUENTA
I
No recordaba muy bien a mi pueblo cuando me hice cargo de la jefatura; hacía más de treinta años me había marchado de Abiponia y había regresado un par de veces solamente, de visita, antes de morir mis padres, de esto hacía más de veinticinco. Mi vida, luego de emigrar, transcurrió en ciudades grandes, Rosario, Santa Fe, Rafaela y otras tantas del sur de la provincia, lugares donde debí trasladarme a ocupar cargos designados por la Institución cada vez ascendía un escalón de la carrera policial. A los 48 años había alcanzado por fin el último cargo del escalafón, el de Comisario Inspector, un periodo de tres años que transcurrirían, según mi criterio, sin sobresaltos, en paz conmigo mismo y sin demasiado esfuerzo personal, o eso era lo que suponía teniendo en cuenta la actividad de una pequeña ciudad del interior. Abiponia contaba menos de quince mil habitantes, ciudad casi rural de costumbres campesinas y paz desacostumbrada. Cuando hice el primer paseo de reconocimiento, a la semana de haberme instalado en la vieja casa de mi abuelo, no pude orientarme basándome en los viejos puntos de referencia que recordaba de la niñez y juventud: sólo quedaban ruinas de la Estación del Ferrocarril; la vieja Capilla de Los Siervos de María había sido reemplazada por una edificación moderna, un templo de tres alas con torre y reloj; el terreno donde se plantaba el club Comunidad, un complejo habitacional de setenta viviendas; las calles se designaban con nombres de próceres y no números como en mi época, y el barrio donde me había criado, en una casa rentada por mis padres, un centro comercial. Quedé estupefacto frente al cambio, al punto de no reconocer la vieja casona, ahora refaccionada, de la Estación Policial. El primer día de gestión tuve una acogida singular. A la media mañana de un día laboral hubo una ceremonia de entrega de mando, izamiento de bandera en el pabellón de la plaza de armas, discursos por parte de representantes de algunos estamentos públicos y privados de Abiponia, aplausos y un convite gastronómico durante el cual, chocolate caliente de por medio, me encontré socializando con antiguos compañeros de juventud, los que no había visto en décadas, quienes se acercaron a saludarme y felicitarme por el currículum intachable.
La prensa esperó su turno; al final del programa, me cercaron en mi despacho, donde los invité a discutir sobre mi plan de tareas. No se anduvieron con vueltas, de entrada apuntaron sus dardos contra mí soslayando las condecoraciones bien ganadas durante mi trayectoria.
Hubo de todo esa mañana, en la Seccional: apretujones, exaltaciones, y hasta improperios. La actitud poco oportuna de los medios fue un crédito positivo de todos modos: me advirtió desde el principio los sinsabores venideros, me anticipó la idiosincrasia cultural de una comunidad pequeña rendida a la corrupción generalizada del país. Nunca hubo diferencias sustanciales entre Buenos Aires y esta aldea, y nunca las habrá. Ahora, retirado de la policía, sin otra obligación que la de matar el ocio frente al monitor de la computadora, puedo realizar sin escrúpulos un análisis social del asunto. Aquí también la mayoría de los miembros de la comunidad corrompen las relaciones como si fuera una moda, arruinan la poca decencia aún existente. Me refiero, por supuesto, al diminuto punto del globo donde me toca respirar, Abiponia, una porción de territorio tan exiguamente limitada como puede ser el aprisco de una granja donde (para ello me remito al mundo imaginado por George Orwell) los animales de corral se comportan como los seres humanos en sus relaciones cotidianas, y hasta pueden aplicar formas de convivencia politizadas, tan magistralmente pensadas como fueron las de las grandes civilizaciones de los últimos tiempos. Hay de todo en este pequeño universo, el mismo del de una ciudad cosmopolita. La diversidad humana es la misma en la ciudad de Rosario, por ejemplo, que en esta insignificante urbe del interior. ¿Qué podría pasar de sensacional aquí, en esta pequeña ciudad de treinta mil habitantes? Nada. La gente, sin embargo, se relaciona socialmente de manera ambigua, no tiene palabra, estafa con la boca, con los ojos y los oídos, intenta continuamente clonar conductas ajenas; forasteras, para decirlo de algún modo. Los medios de comunicación masivos, tan solapados en los distintos formatos, divulgan modos de conducta foráneos y transforma la mente cuasi-rural de los pueblerinos.
Días después de mi asunción iba a descubrir el modus operandi de esta cultura en apuros. Sobresale, como en los recovecos de la capital urbana, la “viveza”, una conducta alternativa que altera la tan aplaudida costumbre rural de los pueblos del interior. No somos únicos a lo largo y ancho del país; aquí también, contranatura, abundan los “vivos”, es decir, la mayoría de la gente se contagia y practica la viveza criolla como un modo de conducta, la viveza argentina extendida a todas las capas sociales y a la totalidad del territorio porteño; aunque predomine con sus rasgos bien marcados en Buenos Aires, aquí es un comportamiento tan usual como allá, y tiene, tal cual, un efecto antisocial, que segrega resentimientos y envenena el respeto mutuo.
No, no iba a ser fácil para mí desarrollar una actividad honrosa cuando había organizaciones integradas por elementos aparentemente nobles pero escondidamente corruptos y que rompían con las normas comerciales obligando a la fuerza policial a acogerse a sus triquiñuelas. Mucho poder, poco respeto a la ley.
Esto viene de yapa. Yo podía quedarme tranquilo, sin embargo, no lo estaba. Un sabor amargo me estrangulaba la garganta, me hacía dudar una y otra vez de aquella irremediable disposición mía acerca del futuro, la leve sospecha de haber equivocado el camino; mi decisión de acabar la carrera de policía en un lugar pensado como el paraíso terrenal resultaría el lugar adecuado donde el diablo cocina sus mejores manjares, es decir, la caldera del diablo.
Como Rosario, sí, aunque en el sentido metafísico y no patibulario. ¡Qué alivio! A los pocos días de estar sentado en mi despacho los casos en mis manos no eran otra cosa que pequeñas estafas, hurtos y raterías. Pero efectuadas con artimañas calcadas de la crónica periodística, y con un tono burlón que desafiaba el buen sentido del policía serio y responsable. Ni hablar de las relaciones comerciales non sanctas, una serie continua de transgresiones perpetradas a la vista de los funcionarios, quienes hacían la vista gorda convirtiéndose en cómplices de las situaciones. Quiero decir, así como se ve, lo que cuenta en Abiponia es la apariencia. Eso es lo que cuenta, como en todos lados.
Lo importante de esto; con quienes yo debía confraternizar en el nivel más alto de las relaciones oficiales eran justamente los más agresivos en ese campo, personas de alto nivel social, de conducta aparentemente correcta, pero desenfrenados en la práctica de una lista interminable de inmoralidades. La gente, por supuesto, al ejercer ellos las desviaciones prohibidas en clandestinidad, no realizaba una crítica social de los hechos, quedaba satisfecha sólo con difundir un comentario interesante, desahogar el morbo siempre alerta y depositar después el relato del acontecimiento en el archivo de los chismes.
Dada esta situación, tampoco se podía hacer otra cosa, no había pruebas tangibles de las indecencias que, después de todo, no matan a nadie, y en la mayoría de los casos, ni siquiera están contempladas como delitos en el código penal. Cada tanto, según se daba un acontecimiento similar, el asunto renacía de las cenizas, pero después que el tiempo ya había enturbiado la trama, olvidado el nombre de algunos personajes involucrados, y a veces hasta el del propio protagonista. En fin, como ocurrió y ocurre en todos lados.
Así nacen los mitos.
En mi vida profesional, de cuarenta años de oficio, pude observar cuán hipócrita puede ser la sociedad en ese sentido, no solamente porque mi condición de policía en ciudades grandes me facilitó conocer intimidades ajenas, de personajes populares de alto y bajo nivel social, también porque viví en carne propia el ser un crápula sin límites. Yo también hice las mías.
Aquí, en Abiponia, como en todos lados, lo más importante para ser aceptados por los pares de un grupo es saber esconder las debilidades más despreciables y mostrar solamente lo admitido por las normas de urbanidad y buenas costumbres. Todos lo hacemos. La conducta del sujeto común, inmerso en una red de relaciones cotidianas, aunque sepamos no existe lo bueno y lo malo por separado, debe adaptarse a las normas establecidas y sujetar esa necesidad individual, y también social, de acentuar una de las dos contingencias; por una simple razón: entre los extremos del bien y del mal, el primero irrisorio y el segundo vituperable, se encuentra el equilibrio.
El equilibrio es la apariencia, el individuo refrenando sus impulsos naturales. Eso creo. No importa el lugar donde uno vive, siempre habrá un colorido infinito de espíritus, algunos, dóciles como corderos, otros dulces, otros blandos, otros benignos, o también, irascibles, malos, diabólicos, perversos, etc., todos pujando por la prudencia. Y la prudencia delata la diversidad perdurable que nos hace distintos e incomprensibles. Hay de todo en la especie humana, y más que nada, comediantes, estos últimos, representando roles paradigmáticos: correctos, obedientes, solidarios...en fin, las bondades designadas por la sociedad como ejercicio ciudadano en la práctica social.
Sin embargo, la naturaleza humana no puede domar eternamente a la bestia, en algún momento del día, de la noche, de la semana, del mes, del año o de la vida, el lobo interior se libera del yugo y, como un predador, recobra sus instintos. Y cuando lo hace, a veces, puede producir un hecho singular, bestial, que es necesario esclarecer. Un crimen es un crimen; dejarlo pasar sin hacer nada, una omisión imperdonable.
Gajes del oficio, yo puedo obviar muchas cosas, puedo mirar a un costado, esquivarle la vista a un delito cuando es la propia sociedad quien lo permite. Lo que no puede hacer es ignorar un homicidio. Esta causa del delito no se negocia. Y cuando un crimen se produce, quien debe esclarecerlo es la policía. Para eso estamos, más que nada. Bueno, para el caso que voy a contar hizo falta el sexto sentido que nos caracteriza, aún más que la acostumbrada rutina científica ligada a la investigación. Siempre nos acucia lo indescriptible, hablo de los investigadores por supuesto, esa tendencia innata a orientar la pesquisa hacia lo improbable, que al fin resulta ser lo certero. En este proceso, más allá de que pude equivocarme en varios aspectos, el camino elegido me condujo a buen puerto, aunque había errado la corazonada inicial.
Volviendo al principio, pueblo chico, infierno grande, perogrullada tan retórica como verdadera. Como ya lo insinué, no había imaginado una ciudad tan pequeña y al mismo tiempo tan problemática. En Abiponia, de pronto me encontré frente a una sociedad abruptamente compleja en su relación cotidiana; tan complicada que, sobre la marcha, y sin pensarlo, debí quebrantar mis votos profesionales para adaptarme a las costumbres non sanctas de la élite. No se trataba, por supuesto, de hacer la vista gorda a robos a mano armada, tráfico de estupefacientes o crímenes, eso quedaba a mi entera disposición y criterio, tenía la libertad de desarrollar mi profesión sin cuestionamientos de ningún tipo, aunque era muy poca, por no decir nula, la actividad en esos casos. La intromisión policial en cuestiones consideradas comerciales, en cambio, como la prostitución, el juego clandestino, comercialización de productos de contrabando, etc., todos hechos desarrollados con poca discreción y a la vista, estaban totalmente vedados a la acción policial. Cuando tomé conciencia real de mi pobre actuación en esos asuntos ya había pasado año y medio de haberme hecho cargo del despacho, las arbitrariedades de algunos comerciantes me sobrepasaron y debí recurrir a la ayuda del Intendente de la ciudad para dirimir sobre hechos concernientes a la Policía. Fue la gota que rebalsó el vaso, mi amor propio pujó por redimirse, poner las cosas en su lugar, pero mi lado flaco, la cómoda situación en que me hallaba yo y mi familia, terminó por vencerme. Otra perogrullada: todo hombre tiene su precio, una frase ampliamente difundida y utilizada en diversos tópicos de nuestro quehacer social, económico, político, etc. y que no deja a nadie indiferente por el calibre que exhibe y el impacto que puede proferir luego de una percusión lingüística. Yo debía rendir cuentas a mis superiores de dichas informalidades, es decir, denunciar abiertamente la presión ejercida por las autoridades seculares, conformadas en su mayoría por la elite y sus intereses. Sin embargo, no podría llevar a cabo una gestión de ese tipo sin ganarme enemigos, precisamente, aquellos a los que había integrado a mis nuevas amistades, todos poderosos y con buenas relaciones en Santa Fe. Pensé me acarrearía males impensados el fustigar mi amor propio, ponerme en riesgo en la instancia final de mi carrera, ganarme nuevos disgustos, como un nuevo traslado por ejemplo, lo que hubiera molestado sobremanera la armonía familiar. Decidí dejar correr el agua bajo el puente, una disposición sencilla y sin sobresaltos. De todos modos, las infracciones me sacaron de quicio, me abrumaron al punto que algo de mi salud mental comenzó a quebrantarse. Y más aún cuando los acontecimientos que voy a narrar a continuación me pusieron en aprietos y al borde de la destitución. Entre otras cosas, las antiguas debilidades volvieron a apoderarse de mí, comencé a rondar las calles como en los viejos tiempos, hablando el antiguo dialecto del hampa y pateando culos a diestra y siniestra, retomé el alcohol y el cigarrillo y, definitivamente, tan loco como había estado en aquellas viejas aventuras en los bajos fondos de Rosario, confronté el estrés tragando toneladas de barbitúricos.
Ahora, retirado de la policía, sin otra obligación que la de matar el tiempo presionando el teclado de la “compu”, escribo el relato de mi consagración como investigador, galardón bien ganado y broche final de una actividad llena de tropiezos.
Como dije más arriba, mis angustias comenzaron al arribar a mi pueblo de origen, Abiponia, en el último tramo de la carrera policial. El primer día de gestión había tenido una acogida espectacular, tanto que terminé en cama, con los nervios de punta y la presión arterial en dificultades. Mis hijos me habían acompañado a la ceremonia, me regresaron a casa a horas de la siesta, a recibir la asistencia sanitaria de mi mujer, quien me atendió como un profesional, poniéndome paños fríos en la frente y el pecho. No era la primera vez, ya había sufrido indisposiciones como ésta, tan salvajes como inesperadas.
Cuando me hice cargo de la comisaría, uno o dos días después de aquel evento sin par, oí por primera vez el nombre de Hugo Pintos. Luego volví a escucharlo de boca de mi subordinado inmediato, el oficial Martín Lucero, quien me refirió el pago de algunas facturas atrasadas, gastos de reparaciones de los móviles policiales realizados en el taller donde trabajaba el sobredicho. Era empleado de la Agencia Impala, un avezado vendedor de automóviles, y el taller era un anexo de la misma empresa. Lo llamé por teléfono para decirle que me ocuparía de las cuentas. - Bien- tenía una voz agradable pero ronca- no hay apuro, puede pasar por la agencia, a charlar, así tratamos sobre las facturas, y nos conocemos.
Le prometí visitarlo esa misma tarde.
- Venga después de las 20,30 hs., así comparte con nosotros un banquete, asado y chorizo del mejor. Estarán presentes algunos comerciantes del barrio. Le interesará, traiga cubiertos- dijo, y cortó el teléfono.
La tajante invitación me dejó en suspenso. Gajes del oficio, si quería adaptarme a esta nueva modalidad social debía acogerme a sus costumbres.
A la hora señalada me encontré frente a las puertas del edificio, una reliquia colonial tan antigua como escandalosa. El frontispicio, plantado en la ochava de una esquina muy transitada, derrochaba luces incandescentes a lo largo de ambos lados de las paredes exteriores, reflejos de colores tan de mal gusto como el marrón, el verde y el violeta. No me pareció la vidriera de un negocio floreciente, aunque en el interior se exhibían autos de gran porte y la agencia figurara como una de las más prósperas de la región.
Me recibió un cadete de la oficina, vestido de pantalón gris y camisa celeste, corbata bordó y el logo de la empresa estampado en el bolsillo a la altura del pecho. Me invitó a transitar por un pasillo hacia el fondo de la estructura.
- Adelante, Inspector- saludó Pintos, sentado en un extremo de la mesa instalada en medio de un patio con piso de baldosas, tras el cual, al fondo del predio, un fogón escupía esquirlas candentes por doquier. Otro hombre, vestido con el mismo uniforme del joven cadete, pero con delantal de lienzo marrón colgado de su cuello, trasladaba brasas del fogón a la parrilla.
- Usted es el primero en llegar- dijo Pintos, sonriendo, al estrecharme la mano. También vestía a la usanza del comercio.
- Nobleza obliga, un policía debe cumplir horarios a rajatabla- respondí, dudando de su expresión.
Poco a poco fueron llegando el resto de los comensales, entre ellos, un antiguo compañero de infancia, Héctor Colombo, a quien había odiado en mi pubertad y adolescencia. Bah, no odiado, más bien, envidiado. Héctor era rico, hijo del hombre más solvente del pueblo, un dandy acostumbrado a vivir en la abundancia, bien parecido, deportista, inteligente y el más asediado por las mujeres; yo en cambio, hijo de un ferroviario, jamás había podido llegarle a los tobillos.
Los otros convidados completaron una mesa de prósperos industriales, comerciantes y hacendados, todos clientes de la agencia a quienes los propietarios agasajaban mensualmente con un banquete, estrategia gastronómica cuya intención era ponerlos al tanto de las novedades. No me hallé como sapo de otro poso, al contrario, la charla se convirtió en una entrevista que se extendió hasta los postres, tiempo durante el cual adulé y me sentí en centro de interés. La sobremesa fue desopilante; el tema: mujeres.
Ahí va, pensé yo, que no tenía ninguna anécdota interesante.
- No es para avergonzarse- dijo Héctor cuando intenté explicar el enfoque más austero de la vida conyugal.
- Es verdad- respondí-, aunque, no me siento avergonzado. Simplemente, elegí esta forma de vida por una cuestión de sentimientos, nada más. Eso no significa que vaya a criticarlos, cada uno sabe lo que hace y gusta. Además, yo también tengo mis vicios.
Esa noche, la primera en que iba a confraternizar con lo más selecto de la ciudad en términos financieros, la conversación transitó por ese lado hasta la hora de marcharse. Hugo, quien descubrió una afición sin límites por las mujeres, orientó la charla hacia el tema con la intención de entretener a los comensales y sacar a flote sus intimidades.
- Esto es confraternizar- me dijo, en un momento que coincidimos en el baño- los muchachos ya están maduros, son hombres de más de cincuenta y necesitan contar sus aventuras.
- Y ponerme al tanto de sus debilidades- dije yo, resignado.
- Claro hombre, después de esto deberá hacer la vista gorda a ciertas conductas. No lo comprometen, no son delitos contra la civilidad, je. Acuérdese, le lloverán obsequios.
Otra vez en la mesa, la conversación siguió el mismo rumbo, dirigida por Hugo y su verborragia filosófica de segundo orden. Entre otras cosas, puso en cuestión propiedades como la timidez, defecto inadecuado para la seducción y poco recomendable en el desenvolvimiento de cualquier profesión, incluso la de confesor.
- Si un cura fuera tímido no podría escuchar las sandeces de los pecadores sin sonrojarse y echarse a correr- dijo, y se rió a carcajadas.
- Si vos fueras tímido- dijo un hacendado de nombre Tito Robles, un hombre obeso y poco educado que hablaba con dos palillos en ambas comisuras- no serías vendedor de coches usados. ¡Caradura!
Los vaivenes de la charla no cambiaron la esencia del tema. Hubo relatos desopilantes, aventuras con mujerzuelas e historias de adulterios, algunas cuyos protagonistas masculinos se hallaban presentes en la mesa.
- Esto que no vaya a servirle al comisario para ponernos entre rejas- comentó entre risas el propietario del taller metalúrgico más grande de la región. Rogelio Miranda dirigía una empresa de aberturas de chapa y aluminio, un hombre ríspido, de ademanes campesinos, poco afable pero con humor satírico y convincente. Un oficial de la seccional, el sargento Cancial Farías, me confió días después la historia espeluznante de este empresario, a quién apodaban Ogro.
- Bueno- contó mi asistente-, el asunto es para no creer. A los obreros con mujeres jóvenes y atractivas los pone a trabajar en los horarios nocturnos. Él les llega después a sus hogares y chantajea a sus cónyuges, les promete un aumento de sueldo, que cumple sin titubear siempre y cuando ellas cedan a sus propósitos. Si no aceptan, los despide.
El broche final del encuentro, después que durante largo tiempo cada uno de los convidados había narrado sus propias aventuras, fue una discusión cuasi-filosófica sobre el mismo tema, un enfrentamiento verbal entre Héctor Colombo y Hugo Pintos. Aunque poco instructivo para mí, que no circulaba por esos carriles, la finalidad la consideré constructiva: resaltar la eficacia de dos estrategias de seducción moralmente aceptables, aunque fueran contradictorias. La había iniciado Héctor, en tono burlón, después de escuchar las distintas anécdotas.
- Eso es puro negocio, o chantaje- dijo, un poco ofendido por el maltrato ofrendado a las mujeres- Si no tuvieran dinero, ustedes serían más célibes que el Papa.
Reprochó a Hugo condenar la timidez como táctica de seducción y así comenzó la discusión.
- Para mí, todos los medios son posibles para hacerlo, incluso la timidez, o la cobardía, o cualquier otra conducta social, biológicamente heredadas por causas naturales. Son todas herramientas eficaces si sabés entender la naturaleza de la dama. Pagarle a una mujer es menospreciarla.
El tipo tenía códigos, de los de antes, digo, no cabía dudas. Después me enteré, Héctor había vivido toda su vida sin compañera, un soltero empedernido, sin embargo, a pesar de nunca hablar más de lo necesario, era el candidato más pretendido del pueblo. Y no solamente por mujeres más o menos al alcance de su edad, también las treintañeras y veinteañeras buscaban su compañía en los lugares de encuentro, les gustaba tratar con él, verlo sonrojar ante cualquier impertinencia femenina, ponerlo en aprietos con alguna propuesta audaz. Él, por supuesto, las sabía esquivar, con pericia de galán; en el momento justo, cuando parecía iba a fugarse del acoso, fluía su verdadera personalidad, una impronta natural y ardiente propia de los caballeros, que entusiasmaba a todas y las aglutinaba a su alrededor. Nada más verlo rodeado de tres o cuatro mujeres para darse cuenta de su estrategia de seducción, un don natural pulido con esmero a través de los años.
- Yo no pago- dijo Hugo, sintiéndose acusado.
- Vos no pagás, ¡claro!, tampoco te da el cuero-dijo, y rió junto a los demás- Estos se pueden dar el lujo de ser viejos, gordos y feos, la guita reemplaza sus defectos.
Hugo, aún ofendido por la sutileza del cargo, logró esquivar la acometida. Sabía perfectamente cual sería el resultado de la discusión si persistía en ponerse a la contraria. Héctor era un buen cliente de la Agencia y él, en calidad de simple empleado, no iba a enfrascarse en una disputa contraproducente. - Señor Colombo- respondió, condescendiente- usted sabe muy bien que yo no puedo alzarme más allá de sus tobillos. Usted tiene oficio, edad, canas, dinero y muchas otras cosas inalcanzables para un hombre con treinta años de vida. Me rindo a sus pies, pero no va a negar tengo mis dotes.
- Debo reconocer, sos muy buen vendedor de autos, pero de los usados, porque los de gran porte se venden solos- dijo, Héctor, y todos rieron a carcajadas.
- Y vos, no te mandes mucho la parte con las mujeres- dijo Lino Furlani, fabricante de herramientas agrícolas, tan rico y poderoso como el resto. Se dirigía a Colombo, riéndose abiertamente de él- Bastante das que hablar en el pueblo.
Era verdad, muchos en la ciudad trataban de defenestrar al entusiasta Héctor, no soportaban esa conducta tan afanosa y embriagadora para el sexo débil. Entre ellos Hugo, por supuesto, quien vivía en el mismo barrio del acusado, lugar donde también yo me había criado junto a mis padres. Después lo supe, habían propagado varios relatos acerca de él, algunos enjuiciando sus inclinaciones sexuales, todas injurias surgidas por la envidia de tipos como Hugo. Creía yo eran injurias, lo tenía como un hombre recatado y nunca hasta ese momento había dudado de su hombría, o mejor dicho, de sus inclinaciones sexuales. Algunos en cambio, en serio o en broma, analizaba su relación con mujeres, nunca jamás había tenido un flirteo conocido, del barrio al menos, siempre se lo veía con desconocidas, forasteras.
- Este tipo- dijo Héctor señalando a Hugo- es un descarado, nada más. Emplea un tipo de seducción rufianesco, obsesiva. Es simpático, tiene pinta y algo loable: nunca renuncia a sus proyectos. Les gana por cansancio. O bien, termina injuriado por la candidata.
- Buen vendedor de autos usados- dije yo, y todos rieron.
- Usted en cambio- respondió Hugo a Héctor, sin tutearlo- cuida el detalle, no se mezcla con cualquiera, por más linda que sea, si lo va a meter en problemas. Es muy calculador.
- De eso se trata- retrucó Héctor, enorgullecido por la inteligente deducción de su contrincante- A la belleza se puede renunciar, abunda en otros lugares. Renunciar amoríos con mujeres de los alrededores es una táctica muy bien pensada para no tener problemas con los vecinos.
- Claro, los años no vienen solos- acotó el metalúrgico, con el rostro bruñido de alcohol- Diga al muchacho cómo algunas lo hicieron salir de la vaina, je, je, je. ¿Se acuerda de la mujer del carnicero? Terminó contando una historia jodida, ¿eh?
Héctor se puso de mal humor.
- Bueno, esos son imponderables. El riesgo siempre está, sólo hay que saber esquivarlo.
- ¿Qué hubiera hecho Pintos en tu lugar?- argumentó el industrial, dirigiendo la mirada al joven contendiente.
Hugo calló. El horno no estaba para bollos, demasiado caliente.
- Yo sé lo que hubiera hecho- intervino el gordo de los palillos- se la hubiera cepillado, ja, ja, ja.
- ¿Qué pasó?- pregunté ingenuamente.
- Que con casadas no me meto, y menos si son del barrio.
- ¿Aún a costa de tu honor? La mina puso en duda tu hombría- dijo otro de los invitados.
- Bueno, hay mujeres y mujeres, ésta resultó muy jodida. Yo no salí a refutarla, hubiera sido un escándalo. Se imaginan, un pobre tipo como el marido, lidiando conmigo. Se dio cuenta, la puso en su lugar y me pidió disculpas en su nombre.
- Eso está bien- dijo Hugo, en defensa de su detractor- Había que estar en los zapatos de Héctor, uno debe conservar su lugar en la sociedad, no perderlo por una chiruza.
La mesa rió al unísono.
- Pero, pibe, ¿de qué lado estás?- preguntó, irónicamente, el metalúrgico.
- Lo que pasa, queridos clientes, es que ustedes no vieron a Héctor actuar en otras latitudes de la ciudad, donde se lo conoce mejor en este campo; es casi tan seductor como yo- respondió Hugo, echándose a reír.
- Algo debo reconocerte muchacho, quizás tu más notable cualidad- interrumpió Héctor-, la paciencia. No sentís la indiferencia de algunas mujeres, de cada diez ganás una, un trabajo agotador que, sin embargo, te deja satisfecho. Yo no me sentiría conforme pero para vos es un buen promedio, ¿no es así?
- Así es, y se olvida de algo más, querido Héctor, cuando lo consigo renuncio al toque; siempre tengo un argumento para dejar colgada a la dama, y no es como usted dice, ninguna se ofende, je. No hay que enamorar a las mujeres, hay que tentarlas, nada más. Es preferible perder, en algunos casos, antes de ganarse problemas. Usted, en cambio, mantiene relaciones prolongadas, las enamora, las deja en suspenso, suspirando.
- Más que nada por la guita- intervino Tito Robles, riéndose a carcajadas- las pibas tienen toda la ilusión de engancharlo, para el casorio, digo, se hacen el bocho con el bienestar y las riquezas de Colombo, jo, jo, jo...cuando empiezan a hacer proyectos este hijo de puta les corta el rostro.
- No es tan así...
- Algo de eso escuché- se interpuso Luis Aguilar, un viejo acaudalado dueño de una empresa de construcción y otras propiedades- por eso Héctor le escapa a las mujeres del pueblo, prefiere las extranjeras. Éstas no pueden hacer escándalos.
- Mire, don Luis, con todo respeto, usted no sabe nada de mujeres...
- Claro que no, conozco una, nada más, mi mujer, y con ésa sola me basta para figurarme a todas. Nunca me gustó correr tras las faldas, como ustedes, tampoco ninguna corrió tras mío. Prefiero ser viejo, gordo y feo y no caer en esas redes.
- Bueno, la presencia no importa, la guita sí, y usted tiene mucha- dijo Hugo, maliciosamente.
- En esa estoy con vos, pibe. No importa el aspecto...en algunos casos, al menos- respondió el viejo- ¿Qué me dicen de Ramón, eh? Seco, mal hablado y toda una chorrera de minas tras él.
- El pibe es joven, tiene facha- acotó Tito- Las minas se encandilan ante un carilindo. Mi nieta también andaba frita con el pendejo, cuando lo vio trabajando y echo un andrajo, echó culo, je, je, je. No me costó mucho convencerla, la guita es todo, viejo.
- Las pibas adolescentes, puede ser, pero las más grandecitas, andan revoloteando como perras caldeadas. A ésas no les importa mucho la pobreza y el lenguaje.
Ramón Puerta era un muchacho de dudoso origen para todos, nadie sabía aquí de donde venía. Una semana después yo me encontraría frente a él leyendo su legajo policial. El pibe me cayó bien, a pesar de su prontuario, noté una franca inclinación por corregirse. No pensaba descubrirlo, mientras se portara bien; le aconsejé alejarse lo más posible de las mujeres, no le costaba esfuerzos seducirlas, razón suficiente para meterse en problemas. Era albañil, andaba siempre rotoso y era bastante mal hablado. Vivía en uno de los vagones abandonados en la estación de trenes. Allí había, y sigue habiendo, más de diez de esos vehículos estacionados en las vías desde hace quince años, desde la época de Alfonsín, cuando el Gobierno cerró las líneas de trenes del norte. Ramón era uno de esos tipos descriptos por las mujeres como bello; era alto, musculoso, rubio, de ojos celestes, bien formado, en fin, un galán de cine como quien dice. Por supuesto, cuando se lo veía de fajina, trabajando digo, andaba empilchado con ropa rústica, de obrero, mugriento, pero no por eso dejaban ellas de mirarlo al pasar a su lado, a pesar del aspecto. Además, y esa era su mayor atracción entre las damas, el pibe (voy a decirle pibe porque todavía no llegaba a los veinticinco) tenía un rictus pintado en el rostro, como decían ellas, una impronta jugando en esa figura de rasgos perfectos, de adonis, y era un gesto de malicia reflejado en una sonrisa permanente, de labios inclinados a un lado y acompañados por una mirada azul en sus ojos, siempre fulgurantes de deseo, tanto como a ellas les gusta. Además, era inteligente; su patrón, Don Luis Aguilar, el dueño de la empresa constructora, en dos años lo había ascendido de simple ayudante a calificado. Fue increíble para sus compañeros, pero Ramón se hizo profesional del oficio en muy poco tiempo. No obstante, eso no fue todo. Por esa época también había empezado a estudiar en la escuela secundaria nocturna. Era muy educado, aunque con las mujeres, furtivamente inescrupuloso. Tenía una forma de dirigirse a ellas, literalmente, muy frontal, como propuesta de doble sentido. No sé como lo hacía, pero siempre les caía bien, y no era por la pinta, nada más, que las minas le toleraban indiscreciones. Bueno, nunca recurrió a esa estrategia dentro de las seis manzanas, es decir, dentro del barrio. En ese asunto era como Héctor, vivía en esta comarca pero tenía bozal para las mujeres del centro. Ni las miraba, andaba siempre con la cabeza gacha, y hasta los maridos se iban a trabajar tranquilos cuando lo dejaban en sus propias casas haciendo algún trabajito de albañilería. Por eso Ramón era inteligente; todos los hombres del barrio lo conocían, y a todos caía simpático; él era un compinche, como decían algunos, estaba siempre dispuesto para cualquier menester, sabía cocinar asados como ninguno, era el mejor acompañante en las travesías de caza y pesca y el mejor a la hora de charlar en sobremesa, tenía un catálogo de cuentos y chistes siempre actualizado, y la sonrisa fácil. El compañero ideal para los hombres.