viernes, 10 de junio de 2011

Estado depresivo


Dentro de mis posibilidades, siempre fui propenso a escoger el caballo perdedor. Sea como fuere, siempre me equivoqué en mis decisiones. La última que tomé, el año pasado, fue irme a Corrientes a casa de unos familiares para ver si lejos de mi vida cotidiana podía serenar la ansiedad por las barajas y la bebida, cosa que, lejos de conseguir, empeoró, ya que me fundí el dinero que llevé a los dos días de establecerme en la ciudad. Para no volver a mi casa demasiado pronto, busqué trabajo y lo encontré, en un supermercado, y de pinche, aunque el sueldo era muy bueno. A la semana pedí un adelanto que me concedieron no sin muchas preguntas, y me largué a repetir lo mismo, pero esta vez un poco más apaciguado. Cambié las barajas por los lupanares, con la promesa hecha a mi mismo de visitar cada noche un burdel distinto. En realidad, no es que fuera de monta, lo que hacía era acodillarme al mostrador y charlar de largo con las putas de turno, hasta rebozar la paciencia de alguna o bien empedarme hasta tocar fondo. Es así que durante meses visité los quilombos después de la medianoche, y cuando tocaba ensillar el alazán, levantaba una turra y me corría a la pensión, donde podía tomarme el tiempo que requiere mi equipo de mudanzas. En un cruce de caminos, cuando una noche andaba entre Sodoma y Gomorra pensando en reventarme de una vez por todas, la mujer de Lot convertida en sal se me apareció y me tiró de la manga. Era una rubita de pocas carnes que quería embravecerse en el negocio pero no tenía nada para dar. Je, me quiso embaucar con el tema de la experiencia y le gané de manos (hay que ver cómo chilla el estómago cuando no hay nada para darle), la llevé al bulín, le di de comer un guiso trasnochado y, sin promesas monetarias de por medio, la cepillé de flor como si fuera Graciela Alfano. Por supuesto, mi historia de calavera había pasado al olvido, era consciente de mi decadencia, sin embargo, no hay toro que olvide sus guampas, aunque sea mocho, me hice la ilusión de que podía remar en contra de la corriente y me deschavé, Viagra de por medio. A la mañana la encontré abrazada a mis hombros como si fueran salvavidas en medio del mar. Primero me dio lástima, pobre mina, tan pendeja y tan sola en este mundo, dormía como un tronco y cuando le saqué el brazo de mi cuerpo, pareció perder estabilidad, se acurrucó a la almohada y le habló en consonancia. No la quise despertar, me vestí, preparé el mate y me quedé más de una hora contemplando su escuálida gravedad impregnada en las sábanas. A las 7 de la mañana me fui al laburo, le dejé una nota con las indicaciones de cómo preparar una polenta al tuco. La mina se apegó, a partir de entonces se convirtió en la socia de mis desventuras, hacía la cama, preparaba el desayuno, el almuerzo y la cena, lavaba mis lienzos, me revolvía las pulgas y dormía como un lirón. Sentí que la vida valía la pena vivirla, aunque fuera con una chica que estaba más para el sanitario que para la vida, y no era justamente la gravedad de su cuerpo lo que podía acobardarme, la calidez de su genio era mucho más agradable que soportar las puntas de sus huesos hincándome las extremidades. Dos meses después su aspecto cambió en forma considerable, se rellenó el cuerpo de pulposidad y la cara de una redondez tan sonora que sus mejillas se hinchaban para dar lugar a dos hoyuelos simpáticos en la superficie, los que se hundían en una profundidad desmedida cuando la sonrisa asomaba a su boca. Los chicos del vecindario comenzaron a festejarla y yo a ponerme celoso, a tal punto que llegamos a discutir un par de veces antes de que agarrara sus pilchas y sin decirme gracias por los favores recibidos se mandara a mudar a la casa de un albañil de treinta y pico, vecino de la mía. No se fue sola, arrastró consigo algunos bártulos, la TV, la radio, unas colchas y mis pocos ahorros. Ni  hablar de recuperarlos, el morocho medía dos de alto y uno de ancho, tenía cara de mono y unos puños de terror.       
 Y después, de vuelta a lo mismo, me largué a chupar en todos los bares a la redonda y sin consuelo. Al finalizar ese mes, cobré el sueldo y dejé el trabajo, ya que sentía que fuera donde fuera, mi enfermedad iba conmigo y la única manera de hacerle frente era con ayuda médica. Con los bolsillos llenos de vil metal, camino de ABIPONIA, mi pueblo, paré en un restaurante a comer y en una tragamonedas dilapidé casi todo el dinero ganado. Con mi simpático sentimiento de culpabilidad recorrí el camino que faltaba para llegar a casa, a toda velocidad, rogando en cada curva una pisca de suerte para que el coche volcara y acabara  mi mala leche. Pero llegué intacto a Abiponia, subí la mochila al cuarto, saqué la ropa, la dejé en el lavadero a la espera de ser introducida en la lavarropas y me fui con el dinero que me quedaba a emborracharme.
No recuerdo cómo llegué al Pub 14, ni el por qué ahí, ya que era un lugar que no me gustaba en absoluto, pero pedí a Soquic me sirviera un Smuggler con coca cola, y, con la borrachera, empecé a insinuarme a su mujer. Ella, como es evidente, no me hizo ni puto caso, lo que me sumió en la tristeza y cuando fuí al baño a evacuar, de paso, destrocé de bronca la pileta y el inodoro. Salí como pude del local y cuando iba a los tumbos por la plaza del centro me alcanzó Soquic y empezó a pegarme puñetazos en el cuello. No me defendí porque no sé hacer frente a una pelea y porque me sentía culpable del destrozo. Cuando Soquic se cansó de darme por todo el cuerpo ya nos había rodeado numeroso público, que me observaba con los pantalones caídos  pidiendo todo el tiempo perdón; Soquic dejó de torturarme y se marchó, pero no sin  antes amenazarme con un si volvía a verme otra vez por su local me echaba a patadas. Me levanté los pantalones y me fui llorando hasta el coche, donde quedé  dos horas pensando en mis miserias. Luego encendí el motor y me dirigí al bar de Paco, pedí un primer whiskey, al que le siguieron otros diez, y empedo como estaba me subí al Volkswagen, lo arranqué, conduje por la ruta y a la altura de mi barrio, perdí el control y choqué contra dos coches bien estacionados. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, mi cabeza dio en el parabrisas, que se hizo añicos por el golpe, doblando el volante con mi abdomen. Cuando recapacité y me di cuenta de lo que había pasado, me puse a reír a carcajadas ante un grupo de curiosos que me miraba con asombro.  Como pude salí del coche y vi en el estado que había quedado. Dejé de reírme para tratar con los policías que se habían hecho presentes en el lugar, a los que conté que estaba bajo medicación por depresión, que hacía minutos me habían pegado una paliza y que pensé en quitarme la vida chocando contra esos coches. Me hicieron la prueba de alcoholemia y dio muy positivo, entonces me llevaron detenido a la comisaría, donde empieza otra historia que quizá otro día les cuente.

La ratonera



Antes de comenzar a escribir estas notas primero había pasado un buen tiempo pensando cómo mierda había llegado a esa situación vergonzante, la de tomar Internet como medio para comunicarme con mujeres y hacer propuestas de amor y sexo escondiendo mi identidad tras una fotos falsas y una verborragia de chivo intelectual. Hasta donde me llegaba la memoria, y durante cincuenta y pico de años de vida, nunca me había costado un ápice encarar una mina, lo hacía cara a cara e incluso con aliento de ajo y cebolla en la boca, y olor a chivo en las axilas, quitándome la cera de las orejas utilizando los dedos como tenazas o escupiendo los catarros a ambos lados de mis hombros sin que me inquietara la presencia de una fulana. Y menos me cuidé jamás del vocabulario utilizado para ganarles la delantera.
Luego de tanto pensar llegué finalmente a la conclusión de que las mujeres, aquellas que habían caído en mis brazos en algún momento de mi vida, al menos una media docena de ellas, habían decidido vengarse de mis arrebatos machistas utilizando a la única que había logrado enredarme con artimañas para hacerme el coco.
Para eso contaron con las desviaciones innatas de mi querida Juanita, a quien le encantaba, y le encanta, enfiestarse con dos o tres candidatos a la vez, mamarse algunas lechuzas y tumbarse todos los muñecos a su disposición. Pero además de esa ventaja debieron trabajar muy duro para armar un teatro de operaciones, arena circence completa, con pista de espectáculos, animales adiestrados, equilibristas y trapecistas, y una vez terminado el montaje, afincarme al escenario para interpretar mi papel de payaso.
Fue así que pudieron enroscarme la víbora y poner la pata en la trampa, cuando luego de tantos preparativos una tarde cualquiera me apersoné al “Pub 14” con intención de sorberme algunas ginebras y filtrarme algunos cigarros mientras hablaba de bueyes perdidos con los feligreses del lugar. Después de un rato de estar ahí sacándole chispas a mi lengua de chupasangre, inclinado sobre el mostrador escuché a dos nuevos parroquianos preguntarle a Sociq (el dueño del Pub) si sabía de alguien que podía llevarlos a la Ratonera. Yo era alguien, tenía la Traffic estacionada por ahí en la calle y tenía ganas de conocer la Ratonera, por lo que me acerqué y les dije que yo mismo los podía llevar. Nos presentamos; el más bajito y con pinta de indio enjabonado se llamaba Pelín, el más alto y con la cabeza rapada se llamaba Pupo. Yo, Perico, mucho gusto.
Así, hechas las presentaciones, me llamó Sociq a una parte de su local. Allí me dijo que tuviera cuidado con esos pavos, que no eran de fiar y que probablemente me meterían una trampa.
- ¿Con esa pinta de ladrilleros?-espeté yo.
- No importa lo que parezcan, tenga cuidado- me respondió.
Salimos hacia la Traffic, la arranqué y puse dirección al misterioso tugurio La Ratonera. Dentro de la camioneta me ofrecieron sexo gratis cuando llegáramos al lugar, pero yo rechacé cortésmente la invitación diciéndoles que me bastaba para conseguirlo y no acostumbraba a ir a buscarlo a esos lugares. Ellos se echaron a reír abriendo la boca como aspiradoras recogiendo toda la mierda del planeta.
Al rato de andar llegamos a la Ratonera, enfilamos hacia el local y entramos por la puerta principal como dueños de casa. Era el típico lupanar donde los especímenes se ponen en fila para que el cliente señale con el dedo cual es el culo que más le gusta. El más chiquitín de mis compañeros se acercó al de la barra, cuchicheó con el cantinero unos minutos y enseguida le pasó algo a la mano.
-Pago por los tres- dijo Pelín, y se puso a mirar los culos que desfilaban frente suyo.
- Si querían mujeres de éstas la hubieran conseguido en cualquier esquina- le dije al más alto- Para qué venir hasta aquí si lo que querían eran unos cucos.
- Porque en este garito tenemos crédito- me contestó Pupo.
Al momento los especímenes cuasi femeninos empezaron a desfilar frente a nosotros como lo hacen las modelos sobre la pasarela, una tras otra en fila india, pero éstas mostrando sus carnes miserablemente flácidas y desproporcionadas como si fueran un plato de exquisitez hedionda apetecible únicamente a los seres imaginarios llamados Ogros.
Yo prestaba atención como observador impasible, y de entre todos esos adefesios me pareció reconocer a uno de figura muy familiar, de vientre caído, senos elásticos, piernas gruesas y glúteos celulíticos; el calzón se le metía por el surco imperfecto de las nalgas flacas y chatas, que yo conocía muy bien por experiencia diaria, cuyo remate superior lo coronaba un tatuaje de trazos gruesos mal encastrados, producto quizás de una atención quirúrgica de dudosa profesionalidad, o de una rotura violenta de culo a manos de un burro salvaje y de pija descomedida. Y tanto me pareció familiar ese ejemplar que salté de la butaca, atropellé la fila de modelaje, tomé la quijada del susodicho prototipo con mi mano derecha, y la torcí violentamente hacia mí para ver su rostro de cerca.
Pelín y Pupo empezaron a cagarse de risa al cabo que yo reconocía la cara puntiaguda y porosa de Juanita.
-Queremos esta sola para los dos- gritó Pelín al encargado de la barra- vamos a hacernos los toros con esta vaca avarienta, jua, jua, jua.
Yo me puse como una montaña de grande y enfadado, y no porque estuviera celoso de la malparida de Juanita, que ya de antemano conocía por donde se perfilaban sus gustos, sólo de verlos reírse de mi orgulloso machismo a esos dos gusanosos es que empecé a encabritarme, y a bendecirlos con la imagen de la virgen de Guadalupe grabada en mi navajón de dos muelles, dos filos y treinta centímetros de longitud; les grité que había llegado la hora de cortarle el cuello a un par de ratas, y que lo iba a hacer luego de verlos aguijonearse a mi puta por ambos lados. Los perrunos se pusieron blancos de la turbación al verme en esa actitud, retrocedieron unos pasos hacia la puerta decidiendo que era hora de salir de aquel embole, pero les gané de mano y con la cabellera de la chiruza prendida en mi mano izquierda la arrastré conmigo para atascar con ambos cuerpos la de algarrobo y así frustrarles la fuga. El Pelín y el Pupo me pidieron calma, que ellos habían sido enlistados por otra gente para tomarme el pelo, que no tenían nada que ver y que la culpa era de la puta de Juanita que quería humillarme tirándome a la cara su miserable debilidad fóbica por la poronga, como si yo no supiera y recién viniera a enterarme de sus berrinches sexuales; ya los conocía desde hacía más de un cuarto de siglo y ésa justamente había sido la razón por la que me había unido al tren de vida de la miserable.
Ahí fue cuando me acordé de Sociq y su atisbo de carcajada antes de salir del Pub 14,  y de la madre que me dio a luz.
-¡Que los parió!- les grité- ahora voy a cortarle los huevos y a marcar la cara de esta trigueña.
Ellos sabían que volaba de los nervios y que podían esperar cualquier cosa de mí, y como el dueño del local no decía esta boca es mía, empezaron a rezar como dos devotos de la Virgen del Rosario. En ese momento entraron una pareja de muchachos en busca de lo que a Juanita le gusta regalar por puro gusto, y a Pelín y Pupo se les abrió las puertas del cielo, salieron cagando hacia la calle, y de allí a la oscuridad de la noche. Yo salí tras ellos, dejando allí a mi media naranja en su salsa, que para eso había nacido ella, para mamarse y comerse todas las pijas posibles. Me dirigí hacia la Traffic, de allí hacia la ruta y de allí hacia mi casa. En mi vida volví a cruzarme con aquellos dos cagones de la joda, no tengo ni idea de si viven aquí, acá, o si se hicieron monjes de la Orden de los Culetazos, sólo sé que en el Pub de Sociq, por respeto y miedo a mi persona, jamás si hizo alusión al hecho. JE.

El gato negro



Mi historia con Juanita no es de ahora sino de largo. Cuando llegué a los treinta  se apareció en mi vida como la luz a un ciego y ahí nomás me emperré con ella como en los poemas. Dos meses después de conocerla arruiné mi vida y la llevé a la playa.
La verdad era que se estaba de diez a aquella hora en los jardines de Los Tatané, a orilla del riacho del pueblo, sintiendo la leve brisa acariciar los poros de mi cuerpo mientras olía uno de mis olores preferidos, el de las margaritas silvestres. Por aquellos días  ya sabía que Juanita era una chica con pasado ninfómano; me había contado ella misma, aunque con otro término, en una de nuestras muchísimas batallas, algunas de veracidad discutible y otras de mentira incuestionable.
Aquel era el ocaso de una noche de jarana bolichera que terminó en la playa, en pleno otoño y un día domingo. El lunes siguiente tendría que levantarme a las siete de la mañana para ponerme al frente de una caja de banco a sumar y restar, multiplicar y dividir, contar plata como un condenado, aunque en aquel momento me importaba una mierda todas mis miserias. Estaba al lado de una chica que, sinceramente, no sigue estando tan buena, y esa noche, en la cena, le iba a proponer una cosa.
Fuimos a un bar de la ciudad a comer unas hamburguesas completas con papas fritas, regando aquel manjar de pacotilla con un buen par de cervezas Quilmes y una coca pequeña, que otra cosa no quería beber la verduguera. Bueno, en el momento de retirarnos del comedor de minutas para ir a bailar le dije lo que antes anuncié brevemente. Estaba tan soberanamente loco en aquella época como en cualquier otra época en la que el alcohol circulaba libremente por mis venas. Le propuse matrimonio y ella lo rechazó con un sonoro NO y, manifestando su alegría y mi desazón al mozo, que nos miraba con cara mitad asombrado, mitad alborozado (el puto ya conocía la monta), se rió soberanamente y me prometió compensar mi pesadumbre. Cuando miré el reloj vi que marcaban las doce y cuarto, le dije a mi errada prometida de ponernos en camino a donde quisiera la llevara, pues aun la noche estaba en pañales y yo debía recuperar el aliento, refrescar la mente y olvidar la humillación de verme rechazado por una puta.
Salimos de allí y ella fue guiándome por la ruta, camino de pedregullos, hasta casi llegar a Los Tatané, donde supuse sellaríamos nuestro malogrado compromiso con el consabido polvo de, digamos por decir algo, despedida. Mi sorpresa fue que Juanita toda acaramelada me dio un beso en la mejilla que le quedaba a su lado, mi derecha para quienes lean este relato y jamás se hayan subido a un auto que no sea inglés. Luego me besó el cuello y, miren ustedes por donde, dirigió su mano derecha a mi bragueta, la desabrochó, buscó por entre la ropa mi lacio falo, lo sacó, la miré, me miró, sonrió, se agachó hacia él y, bueno, ahora denle ustedes a su imaginación todo el potencial que puedan para imaginarse lo sucedido.
Juro y perjuro que es muy complicado conducir mientras te la están mamando. Lo primero que ocurrió fue que el coche vio, obligado por las circunstancias, su velocidad reducida. Por suerte estaba el camino a mi placer. Cuando llegó el momento de acabarme, llevado por la inercia, mis ojos se dispararon hacia atrás, mis brazos se agarrotaron y mis manos se abrieron, dando por resultado que el coche vio como buena maniobra irse hacia la cuneta. Cuando me di cuenta de la ruta insospechada, reaccioné y enderecé el coche. Juanita me miró en ese instante, sonrió, abrió su boca, me enseñó mi semen, la cerró, hizo el gesto de tragar y volvió a abrir la boca con el resultado de estar ahora completamente limpia de líquido lechoso.
Llegamos al balneario, y al fin al piso, y fifamos como si aquel día fuera el último de nuestras vidas. A las pocas horas el sol comenzó a aparecerse por entre los árboles, me desperté, la desperté, me desperecé, la besé, la llevé a su pensión y me fui al trabajo. Empezaba de nuevo la rutina. En ese momento, un gato negro se me cruzó en el camino. De ahí mi destino.

Amor al instante



En lo que se refiere a la escritura, no sé cómo empezar a hablar de mí, hace tanto el tiempo que trato de entrar en circulación creativa y no doy en el clavo que me siento más perdido que perro en cancha de bochas. Por eso mismo, para dar el puntapié inicial a este discurso verosímil, y aunque suene tan trillado como lo era el Había una vez...de los cuentos de hadas, lo haré recurriendo al dicho de alguien que no era muy sabio pero si coherente a la hora de crear frases, Pero Grullo creo se llamaba, y que dijo una vez que para comenzar algo hay que hacerlo desde un principio. A eso me limitaré, seguiré un principio, desplegaré un desarrollo y terminaré con un final, valgan las redundancias utilizadas para el caso, de forma que se convierta en una constante esta serie de escritos míos, que hablan de cosas que tengo dentro y quiero sacar al exterior.
Para empezar, hoy hablaré de mi nulo éxito de conseguir conectarme con alguien del sexo opuesto a través de cualquier medio, incluso Internet. Soy un negado y lo doy por hecho.
Hubo alguien antes, una tal Juanita, y de ella viene la desesperanza, que me hartó y molestó con sus quejas sobre mi ruinosa apariencia física, a quien desprecio además por asco a sus costumbres libidinosas y sus relaciones insidiosas con círculos “non sanctos” de la sociedad; ella y ellos confabularon enfermizamente para destruir lo poco de bueno que había en mí, y lo hicieron a través de actos perjuros de índole psicológica que terminaron por acabarme en tan solo tres años. Durante ese lapso me abandoné intermitentemente a los vicios para convertir mi antigua estampa de buen mozo en este chasis decadente y bastante lamentable que porto en la actualidad.
Con ésas debo vérmelas, y en ésas estoy, un trabajo arduo y difícil ya que me gustaría cambiar y ser otro, no el que se ve reflejado en el espejo. Para eso empecé a cuidarme, hace pocos días, y durante seis meses llevaré un régimen severo gracias al cual, promesa médica de por medio, habré adelgazado unos seis kilos, uno por mes.
¡Qué fastidio, en tus manos estoy, santa paciencia!
Con respecto a lo expuesto párrafos más arriba, en un principio intenté hacerme de una relación a través del chat, que tiene mucha aceptación entre los de mi condición, la raza de pobres caballeros fracasados. Busqué en la comunicación satelital a mujeres de mediana edad, hasta los cuarenta, que son las que me gustan de veraz; pero no encontraba aceptables, y cuando las encontraba, no les interesaba porque soy de casi sesenta, así que, descartadas las cuarentonas, observé que las demás eran aún mas desechables, pendejas o viejas muy inseguras, preguntonas, que querían saber sobre la partida de nacimiento, sobre el trabajo, sobre el sueldo y hasta sobre...el certificado de defunción... Claro, al responder yo a esas preguntas, que soy un pobre vendedor ambulante, y encima con pretensiones literarias, todas me mandaban de paseo a mi propio mundo. De esa forma (tengo el espíritu tan disperso como las migas del pan rallado), me sentía atropellado y poco escuchado, a tal punto que dejé de escribir lo mío para escuchar y leer lo de los otros,  me volví más huraño aún, y más mentiroso.
¿Cómo es eso? Pues bien, mientras la desazón se iba confinando en mi espíritu, creé un portal en la red, donde ofrecía encontrar el amor, con el sugerente nombre de “Amor al instante”. La página llamó la atención a muchos, y muchas, la conocían y se registraban, miles, y aunque parezca mentira, la esperanza es lo último que se pierde.
Y vuelta a lo de antes, aunque esta vez viendo la cara de la persona a la que se quería conocer, todo dependiendo de si ponía la foto o no. Yo puse una  de diez años atrás, cuando aún estaba presentable (tramposo, no?) y así entablé relación con más de 30 mujeres, si no me quedo corto. Con todas me presentaba como un buen tipo, y bla, bla, bla, bla… y a las que terminaban por no gustarme les hacía ver que vivía muy lejos o que no trabajaba y no era lo que les interesaba, y otras mentiras más.
De las otras, las que me gustaban, “una” mordió la carnada, quizás engañada por la foto antigua que yo había puesto en el portal, o porque la seduje con mi estilo de escritura; la cuestión fue que la presa quedó prendida del anzuelo, aunque después me percaté que el pescado había sido yo.
Una mañana de marzo me tomé las de villa diego, desenchufé la computadora, cargué unas vituallas en el furgón de la camioneta, colchón, algunas pilchas, el equipo de mate, y a mi hermano menor, otro soltero empedernido. A las 14 hs de un día miércoles nos hallábamos en la ciudad de Corrientes, a tan solo quince kilómetros de Paso de la Patria, el destino soñado por mí como una bendición. Cuando llegamos a esa ciudad, lo primero que hice fue darme una vuelta por el negocio del que era dueña la presa de la que yo creía haber hecho una engañifa y a quien pensaba sorprender con mi presencia de galán bien bruñido. Je, la fulana tenía la cara pintada como la foto editada en el portal, pero después del cuello hacia abajo se ensanchaba tanto su cuerpo que me pareció estar frente una de las pirámides de Egipto.
- Phillips Morris box de 20- pedí, sacando el billete que me había cedido mi hermano, el encargado de los gastos.
         La gorda estiró la mano a la cigarrera colgada en la pared, buscando a tientas el casillero del producto para no desviar la vista de la pantalla de la “compu”.
- ¿”Fana” de algún portal?- pregunté, haciéndome el desentendido.
         La quiosquera me miró a los ojos y frunció el ceño.
- “Amor al instante”, ¿lo conoce?- inquirió, pasándome el vuelto de los veinte pesos.
         - ¿La verdad?, no- respondí.
         - No pierde nada, es la página de un estúpido que todavía cree puede engañar a las mujeres.
         Dí media vuelta y encaré la puerta de salida, en cuyo dintel se hallaba colgado un cartel escrito con letras de molde: “Reclame el vuelto antes de salir”. Me pareció que la gorda seguía posando sus ojos en mí en el momento que traspasaba el vano sin decir palabra alguna y sin saludar. Cuando subí a la camioneta eché una última mirada hacia el interior del pequeño negocio; tras la vidriera vi a la protagonista de mi desilusión inclinada al monitor sacándose los mocos de la nariz con el dedo meñique.
         - ¿Qué compraste además de puchos?- preguntó mi hermano al contar el dinero del vuelto.    
         - Eso, nada más ¿por qué?- respondí, encendiendo el motor de la Traffic.
         - Porque te dio mal el vuelto, faltan cinco pesos.
         - ¡Gorda puta!- dije, acelerando hacia el hotel.

martes, 15 de febrero de 2011

Eso es lo que cuenta


ESO ES LO QUE CUENTA

I
No recordaba muy bien a mi pueblo cuando me hice cargo de la jefatura; hacía más de treinta años me había marchado de Abiponia y había regresado un par de veces solamente, de visita, antes de morir mis padres, de esto hacía más de veinticinco. Mi vida, luego de emigrar,  transcurrió en ciudades grandes, Rosario, Santa Fe, Rafaela y otras tantas del sur de la provincia, lugares donde debí trasladarme a ocupar cargos designados por la Institución cada vez ascendía un escalón de la carrera policial. A los 48 años había alcanzado por fin el último cargo del escalafón, el de Comisario Inspector, un periodo de tres años que transcurrirían, según mi criterio, sin sobresaltos, en paz conmigo mismo y sin demasiado esfuerzo personal, o eso era lo que suponía teniendo en cuenta la actividad de una pequeña ciudad del interior. Abiponia contaba menos de quince mil habitantes, ciudad casi rural de costumbres campesinas y paz desacostumbrada.    
Cuando hice el primer paseo de reconocimiento, a la semana de haberme instalado en la vieja casa de mi abuelo, no pude orientarme basándome en los viejos puntos de referencia que recordaba de la niñez y juventud: sólo quedaban ruinas de la Estación del Ferrocarril; la vieja Capilla de Los Siervos de María había sido reemplazada por una edificación moderna, un templo de tres alas con torre y reloj; el terreno donde se plantaba el club Comunidad, un complejo habitacional de setenta viviendas; las calles se designaban con nombres de próceres y no números como en mi época, y el barrio donde me había criado, en una casa rentada por mis padres, un centro comercial. Quedé estupefacto frente al cambio, al punto de no reconocer la vieja casona, ahora refaccionada, de la Estación Policial.
 El primer día de gestión tuve una acogida singular. A la media mañana de un día laboral hubo una ceremonia de entrega de mando, izamiento de bandera en el pabellón de la plaza de armas, discursos por parte de representantes de algunos estamentos públicos y privados de Abiponia, aplausos y un convite gastronómico durante el cual, chocolate caliente de por medio, me encontré socializando con antiguos compañeros de juventud, los que no había visto en décadas, quienes se acercaron a saludarme y felicitarme por el currículum intachable.
La prensa esperó su turno; al final del programa, me cercaron en mi despacho, donde los invité a discutir sobre mi plan de tareas. No se anduvieron con vueltas, de entrada apuntaron sus dardos contra mí soslayando las condecoraciones bien ganadas durante mi trayectoria.
Hubo de todo esa mañana, en la Seccional: apretujones, exaltaciones, y hasta improperios. La actitud poco oportuna de los medios fue un crédito positivo de todos modos: me advirtió desde el principio los sinsabores venideros, me anticipó la idiosincrasia cultural de una comunidad pequeña rendida a la corrupción generalizada del país. Nunca hubo diferencias sustanciales entre Buenos Aires y esta aldea, y nunca las habrá.
Ahora, retirado de la policía, sin otra obligación que la de matar el ocio frente al monitor de la computadora, puedo realizar sin escrúpulos un análisis social del asunto. Aquí también la mayoría de los miembros de la comunidad corrompen las relaciones como si fuera una moda, arruinan la poca decencia aún existente. Me refiero, por supuesto, al diminuto punto del globo donde me toca respirar, Abiponia, una porción de territorio tan exiguamente limitada como puede ser el aprisco de una granja donde (para ello me remito al mundo imaginado por George Orwell) los animales de corral se comportan como los seres humanos en sus relaciones cotidianas, y hasta pueden aplicar formas de convivencia politizadas, tan magistralmente pensadas como fueron las de las grandes civilizaciones de los últimos tiempos. Hay de todo en este pequeño universo, el mismo del de una ciudad cosmopolita. La diversidad humana es la misma en la ciudad de Rosario, por ejemplo, que en esta insignificante urbe del interior. ¿Qué podría pasar de sensacional aquí, en esta pequeña ciudad de treinta mil habitantes? Nada. La gente, sin embargo, se relaciona socialmente de manera ambigua, no tiene palabra, estafa con la boca, con los ojos y los oídos, intenta continuamente clonar conductas ajenas; forasteras, para decirlo de algún modo. Los medios de comunicación masivos, tan solapados en los distintos formatos, divulgan modos de conducta foráneos y transforma la mente cuasi-rural de los pueblerinos.
Días después de mi asunción iba a descubrir el modus operandi de esta cultura en apuros. Sobresale, como en los recovecos de la capital urbana, la “viveza”, una conducta alternativa que altera la tan aplaudida costumbre rural de los pueblos del interior. No somos únicos a lo largo y ancho del país; aquí también, contranatura, abundan los “vivos”, es decir, la mayoría de la gente se contagia y practica la viveza criolla como un modo de conducta, la viveza argentina extendida a todas las capas sociales y a la totalidad del territorio porteño; aunque predomine con sus rasgos bien marcados en Buenos Aires, aquí es un comportamiento tan usual como allá, y tiene, tal cual, un efecto antisocial, que segrega resentimientos y envenena el respeto mutuo.
No, no iba a ser fácil para mí desarrollar una actividad honrosa cuando había organizaciones integradas por elementos aparentemente nobles pero escondidamente corruptos y que rompían con las normas comerciales obligando a la fuerza policial a acogerse a sus triquiñuelas. Mucho poder, poco respeto a la ley.
Esto viene de yapa. Yo podía quedarme tranquilo, sin embargo, no lo estaba. Un sabor amargo me estrangulaba la garganta, me hacía dudar una y otra vez de aquella irremediable disposición mía acerca del futuro, la leve sospecha de haber equivocado el camino; mi decisión de acabar la carrera de policía en un lugar pensado como el paraíso terrenal resultaría el lugar adecuado donde el diablo cocina sus mejores manjares, es decir, la caldera del diablo.
Como Rosario, sí, aunque en el sentido metafísico y no patibulario. ¡Qué alivio! A los pocos días de estar sentado en mi despacho los casos en mis manos no eran otra cosa que pequeñas estafas, hurtos y raterías. Pero efectuadas con artimañas calcadas de la crónica periodística, y con un tono burlón que desafiaba el buen sentido del policía serio y responsable. Ni hablar de las relaciones comerciales non sanctas, una serie continua de transgresiones perpetradas a la vista de los funcionarios, quienes hacían la vista gorda convirtiéndose en cómplices de las situaciones. Quiero decir, así como se ve, lo que cuenta en Abiponia es la apariencia. Eso es lo que cuenta, como en todos lados.
Lo importante de esto; con quienes yo debía confraternizar en el nivel más alto de las relaciones oficiales eran justamente los más agresivos en ese campo, personas de alto nivel social, de conducta aparentemente correcta, pero desenfrenados en la práctica de una lista interminable de inmoralidades. La gente, por supuesto, al ejercer ellos las desviaciones prohibidas en clandestinidad, no realizaba una crítica social de los hechos, quedaba satisfecha sólo con difundir un comentario interesante, desahogar el morbo siempre alerta y depositar después el relato del acontecimiento en el archivo de los chismes.
Dada esta situación, tampoco se podía hacer otra cosa, no había pruebas tangibles de las indecencias que, después de todo, no matan a nadie, y en la mayoría de los casos, ni siquiera están contempladas como delitos en el código penal. Cada tanto, según se daba un acontecimiento similar, el asunto renacía de las cenizas, pero después que el tiempo ya había enturbiado la trama, olvidado el nombre de algunos personajes involucrados, y a veces hasta el del propio protagonista. En fin, como ocurrió y ocurre en todos lados.
Así nacen los mitos.
En mi vida profesional, de cuarenta años de oficio, pude observar cuán hipócrita puede ser la sociedad en ese sentido, no solamente porque mi condición de policía en ciudades grandes me facilitó conocer intimidades ajenas, de personajes populares de alto y bajo nivel social, también porque viví en carne propia el ser un crápula sin límites. Yo también hice las mías.
Aquí, en Abiponia, como en todos lados, lo más importante para ser aceptados por los pares de un grupo es saber esconder las debilidades más despreciables y mostrar solamente lo admitido por las normas de urbanidad y buenas costumbres. Todos lo hacemos. La conducta del sujeto común, inmerso en una red de relaciones cotidianas, aunque sepamos no existe lo bueno y lo malo por separado, debe adaptarse a las normas establecidas y sujetar esa necesidad individual, y también social, de acentuar una de las dos contingencias; por una simple razón: entre los extremos del bien y del mal, el primero irrisorio y el segundo vituperable, se encuentra el equilibrio.
El equilibrio es la apariencia, el individuo refrenando sus impulsos naturales. Eso creo. No importa el lugar donde uno vive, siempre habrá un colorido infinito de espíritus, algunos, dóciles como corderos, otros dulces, otros blandos, otros benignos, o también, irascibles, malos, diabólicos, perversos, etc., todos pujando por la prudencia.  Y la prudencia delata la diversidad perdurable que nos hace distintos e incomprensibles. Hay de todo en la especie humana, y más que nada, comediantes, estos últimos, representando roles paradigmáticos: correctos, obedientes, solidarios...en fin, las bondades designadas por la sociedad como ejercicio ciudadano en la práctica social.
Sin embargo, la naturaleza humana no puede domar eternamente a la bestia, en algún momento del día, de la noche, de la semana, del mes, del año o de la vida, el lobo interior se libera del yugo y, como un predador, recobra sus instintos. Y cuando lo hace, a veces, puede producir un hecho singular, bestial, que es necesario esclarecer. Un crimen es un crimen; dejarlo pasar sin hacer nada, una omisión imperdonable.
Gajes del oficio, yo puedo obviar muchas cosas, puedo mirar a un costado, esquivarle la vista a un delito cuando es la propia sociedad quien lo permite. Lo que no puede hacer es ignorar un homicidio. Esta causa del delito no se negocia. Y cuando un crimen se produce, quien debe esclarecerlo es la policía. Para eso estamos, más que nada. Bueno, para el caso que voy a contar hizo falta el sexto sentido que nos caracteriza, aún más que la acostumbrada rutina científica ligada a la investigación. Siempre nos acucia lo indescriptible, hablo de los investigadores por supuesto, esa tendencia innata a orientar la pesquisa hacia lo improbable, que al fin resulta ser lo certero. En este proceso, más allá de que pude equivocarme en varios aspectos, el camino elegido me condujo a buen puerto, aunque había errado la corazonada inicial.  
Volviendo al principio, pueblo chico, infierno grande, perogrullada tan retórica como verdadera.  Como ya lo insinué, no había imaginado una ciudad tan pequeña y al mismo tiempo tan problemática. En Abiponia, de pronto me encontré frente a una sociedad abruptamente compleja en su relación cotidiana; tan complicada que, sobre la marcha, y sin pensarlo, debí quebrantar mis votos profesionales para adaptarme a las costumbres non sanctas de la élite. No se trataba, por supuesto, de hacer la vista gorda a robos a mano armada, tráfico de estupefacientes o crímenes, eso quedaba a mi entera disposición y criterio, tenía la libertad de desarrollar mi profesión sin cuestionamientos de ningún tipo, aunque era muy poca, por no decir nula, la actividad en esos casos. La intromisión policial en cuestiones consideradas comerciales, en cambio, como la prostitución, el juego clandestino, comercialización de productos de contrabando, etc., todos hechos desarrollados con poca discreción y a la vista, estaban totalmente vedados a la acción policial. Cuando tomé conciencia real de mi pobre actuación en esos asuntos ya había pasado año y medio de haberme hecho cargo del despacho, las arbitrariedades de algunos comerciantes me sobrepasaron y debí recurrir a la ayuda del Intendente de la ciudad para dirimir sobre hechos concernientes a la Policía. Fue la gota que rebalsó el vaso, mi amor propio pujó por redimirse, poner las cosas en su lugar, pero mi lado flaco, la cómoda situación en que me hallaba yo y mi familia, terminó por vencerme.
Otra perogrullada: todo hombre tiene su precio, una frase ampliamente difundida y utilizada en diversos tópicos de nuestro quehacer social, económico, político, etc. y que no deja a nadie indiferente por el calibre que exhibe y el impacto que puede proferir luego de una percusión lingüística. Yo debía rendir cuentas a mis superiores de dichas informalidades, es decir, denunciar abiertamente la presión ejercida por las autoridades seculares, conformadas en su mayoría por la elite y sus intereses. Sin embargo, no podría llevar a cabo una gestión de ese tipo sin ganarme enemigos, precisamente, aquellos a los que había integrado a mis nuevas amistades, todos poderosos y con buenas relaciones en Santa Fe. Pensé me acarrearía males impensados el fustigar mi amor propio, ponerme en riesgo en la instancia final de mi carrera, ganarme nuevos disgustos, como un nuevo traslado por ejemplo, lo que hubiera molestado sobremanera la armonía familiar. Decidí dejar correr el agua bajo el puente, una disposición sencilla y sin sobresaltos. De todos modos, las infracciones me sacaron de quicio, me abrumaron al punto que algo de mi salud mental comenzó a quebrantarse. Y más aún cuando los acontecimientos que voy a narrar a continuación me pusieron en aprietos y al borde de la destitución. Entre otras cosas, las antiguas debilidades volvieron a apoderarse de mí, comencé a rondar las calles como en los viejos tiempos, hablando el antiguo dialecto del hampa y pateando culos a diestra y siniestra, retomé el alcohol y el cigarrillo y, definitivamente, tan loco como había estado en aquellas viejas aventuras en los bajos fondos de Rosario, confronté el estrés tragando toneladas de barbitúricos.
Ahora, retirado de la policía, sin otra obligación que la de matar el tiempo presionando el teclado de la “compu”, escribo el relato de mi consagración como investigador, galardón bien ganado y broche final de una actividad llena de tropiezos.
Como dije más arriba, mis angustias comenzaron al arribar a mi pueblo de origen, Abiponia, en el último tramo de la carrera policial. El primer día de gestión había tenido una acogida espectacular, tanto que terminé en cama, con los nervios de punta y la presión arterial en dificultades. Mis hijos me habían acompañado a la ceremonia, me regresaron a casa a horas de la siesta, a recibir la asistencia sanitaria de mi mujer, quien me atendió como un profesional, poniéndome paños fríos en la frente y el pecho. No era la primera vez, ya había sufrido indisposiciones como ésta, tan salvajes como inesperadas. 
Cuando me hice cargo de la comisaría, uno o dos días después de aquel evento sin par, oí por primera vez el nombre de Hugo Pintos. Luego volví a escucharlo de boca de mi subordinado inmediato, el oficial Martín Lucero, quien me refirió el pago de algunas facturas atrasadas, gastos de reparaciones de los móviles policiales realizados en el taller donde trabajaba el sobredicho. Era empleado de la Agencia Impala, un avezado vendedor de automóviles, y el taller era un anexo de la misma empresa. Lo llamé por teléfono para decirle que me ocuparía de las cuentas.
- Bien- tenía una voz agradable pero ronca- no hay apuro, puede pasar por la agencia, a charlar, así tratamos sobre las facturas, y nos conocemos.
Le prometí visitarlo esa misma tarde.
- Venga después de las 20,30 hs., así comparte con nosotros un banquete, asado y chorizo del mejor. Estarán presentes algunos comerciantes del barrio. Le interesará, traiga cubiertos- dijo, y cortó el teléfono.
La tajante invitación me dejó en suspenso. Gajes del oficio, si quería adaptarme a esta nueva modalidad social debía acogerme a sus costumbres.
A la hora señalada me encontré frente a las puertas del edificio, una reliquia colonial tan antigua como escandalosa. El frontispicio, plantado en la ochava de una esquina muy transitada, derrochaba luces incandescentes a lo largo de ambos lados de las paredes exteriores, reflejos de colores tan de mal gusto como el marrón, el verde y el violeta. No me pareció la vidriera de un negocio floreciente, aunque en el interior se exhibían autos de gran porte y la agencia figurara como una de las más prósperas de la región.
Me recibió un cadete de la oficina, vestido de pantalón gris y camisa celeste, corbata bordó y el logo de la empresa estampado en el bolsillo a la altura del pecho. Me invitó a transitar por un pasillo hacia el fondo de la estructura.
- Adelante, Inspector- saludó Pintos, sentado en un extremo de la mesa instalada en medio de un patio con piso de baldosas, tras el cual, al fondo del predio, un fogón escupía esquirlas candentes por doquier. Otro hombre, vestido con el mismo uniforme del joven cadete, pero con delantal de lienzo marrón colgado de su cuello, trasladaba brasas del fogón a  la parrilla.
- Usted es el primero en llegar- dijo Pintos, sonriendo, al estrecharme la mano. También vestía a la usanza del comercio.
- Nobleza obliga, un policía debe cumplir horarios a rajatabla- respondí, dudando de su expresión.
Poco a poco fueron llegando el resto de los comensales, entre ellos, un antiguo compañero de infancia, Héctor Colombo, a quien había odiado en mi pubertad y adolescencia. Bah, no odiado, más bien, envidiado. Héctor era rico, hijo del hombre más solvente del pueblo, un dandy acostumbrado a vivir en la abundancia, bien parecido, deportista, inteligente y el más asediado por las mujeres; yo en cambio, hijo de un ferroviario, jamás había podido llegarle a los tobillos.
Los otros convidados completaron una mesa de prósperos industriales, comerciantes y hacendados, todos clientes de la agencia a quienes los propietarios agasajaban mensualmente con un banquete, estrategia gastronómica cuya intención era ponerlos al tanto de las novedades. No me hallé como sapo de otro poso, al contrario, la charla se convirtió en una  entrevista que se extendió hasta los postres, tiempo durante el cual adulé y me sentí en centro de interés. La sobremesa fue desopilante; el tema: mujeres.
Ahí va, pensé yo, que no tenía ninguna anécdota interesante.
- No es para avergonzarse- dijo Héctor cuando intenté explicar el enfoque más austero de la vida conyugal.
- Es verdad- respondí-, aunque, no me siento avergonzado. Simplemente, elegí esta forma de vida por una cuestión de sentimientos, nada más. Eso no significa que vaya a criticarlos, cada uno sabe lo que hace y gusta. Además, yo también tengo mis vicios.
Esa noche, la primera en que iba a confraternizar con lo más selecto de la ciudad en términos financieros, la conversación transitó por ese lado hasta la hora de marcharse. Hugo, quien descubrió una afición sin límites por las mujeres, orientó la charla hacia el tema con la intención de entretener a los comensales y sacar a flote sus intimidades.
- Esto es confraternizar- me dijo, en un momento que coincidimos en el baño- los muchachos ya están maduros, son hombres de más de cincuenta y necesitan contar sus aventuras.
- Y ponerme al tanto de sus debilidades- dije yo, resignado.
- Claro hombre, después de esto deberá hacer la vista gorda a ciertas conductas. No lo comprometen, no son delitos contra la civilidad, je. Acuérdese, le lloverán obsequios.
Otra vez en la mesa, la conversación siguió el mismo rumbo, dirigida por Hugo y su verborragia filosófica de segundo orden. Entre otras cosas, puso en cuestión propiedades como la timidez, defecto inadecuado para la seducción y poco recomendable en el desenvolvimiento de cualquier profesión, incluso la de confesor.
- Si un cura fuera tímido no podría escuchar las sandeces de los pecadores sin sonrojarse y echarse a correr- dijo, y se rió a carcajadas.
         - Si vos fueras tímido- dijo un hacendado de nombre Tito Robles, un hombre obeso y poco educado que hablaba con dos palillos en ambas comisuras- no serías vendedor de coches usados.  ¡Caradura!
         Los vaivenes de la charla no cambiaron la esencia del tema. Hubo relatos desopilantes, aventuras con mujerzuelas e historias de adulterios, algunas cuyos protagonistas masculinos se hallaban presentes en la mesa.
- Esto que no vaya a servirle al comisario para ponernos entre rejas- comentó entre risas el propietario del taller metalúrgico más grande de la región. Rogelio Miranda dirigía una empresa de aberturas de chapa y aluminio, un hombre ríspido, de ademanes campesinos, poco afable pero con humor satírico y convincente. Un oficial de la seccional, el sargento Cancial Farías, me confió días después la historia espeluznante de este empresario, a quién apodaban Ogro.
- Bueno- contó mi asistente-, el asunto es para no creer. A los obreros con mujeres jóvenes y atractivas los pone a trabajar en los horarios nocturnos. Él les llega después a sus hogares y chantajea a sus cónyuges, les promete un aumento de sueldo, que cumple sin titubear siempre y cuando ellas cedan a sus propósitos. Si no aceptan, los despide.           
El broche final del encuentro, después que durante largo tiempo cada uno de los convidados había narrado sus propias aventuras, fue una discusión cuasi-filosófica sobre el mismo tema, un enfrentamiento verbal entre Héctor Colombo y Hugo Pintos. Aunque poco instructivo para mí, que no circulaba por esos carriles, la finalidad la consideré constructiva: resaltar la eficacia de dos estrategias de seducción moralmente aceptables, aunque fueran contradictorias. La había iniciado Héctor, en tono burlón, después de escuchar las distintas anécdotas.
- Eso es puro negocio, o chantaje- dijo, un poco ofendido por el maltrato ofrendado a las mujeres- Si no tuvieran dinero, ustedes serían más célibes que el Papa.
         Reprochó a Hugo condenar la timidez como táctica de seducción y así comenzó la discusión.
- Para mí, todos los medios son posibles para hacerlo, incluso la timidez, o la cobardía, o cualquier otra conducta social, biológicamente heredadas por causas naturales. Son todas herramientas eficaces si sabés entender la naturaleza de la dama. Pagarle a una mujer es menospreciarla.
El tipo tenía códigos, de los de antes, digo, no cabía dudas. Después me enteré, Héctor había vivido toda su vida sin compañera, un soltero empedernido, sin embargo, a pesar de nunca hablar más de lo necesario, era el candidato más pretendido del pueblo. Y no solamente por mujeres más o menos al alcance de su edad, también las treintañeras y veinteañeras buscaban su compañía en los lugares de encuentro, les gustaba tratar con él, verlo sonrojar ante cualquier impertinencia femenina, ponerlo en aprietos con alguna propuesta audaz. Él, por supuesto, las sabía esquivar, con pericia de galán;  en el momento justo, cuando parecía iba a fugarse del acoso, fluía su verdadera personalidad, una impronta natural y ardiente propia de los caballeros, que entusiasmaba a todas y las aglutinaba a su alrededor.  Nada más verlo rodeado de tres o cuatro mujeres para darse cuenta de su estrategia de seducción, un don natural pulido con esmero a través de los años.
- Yo no pago- dijo Hugo, sintiéndose acusado.
- Vos no pagás, ¡claro!,  tampoco te da el cuero-dijo, y rió junto a los demás- Estos se pueden dar el lujo de ser viejos, gordos y feos, la guita reemplaza sus defectos.
Hugo, aún ofendido por la sutileza del cargo, logró esquivar la acometida. Sabía perfectamente cual sería el resultado de la discusión si persistía en ponerse a la contraria. Héctor era un buen cliente de la Agencia y él, en calidad de simple empleado, no iba a enfrascarse en una disputa contraproducente.
- Señor Colombo- respondió, condescendiente- usted sabe muy bien que yo no puedo alzarme más allá de sus tobillos. Usted tiene oficio, edad, canas, dinero y muchas otras cosas inalcanzables para un hombre con treinta años de vida. Me rindo a sus pies, pero no va a negar tengo mis dotes.
- Debo reconocer, sos muy buen vendedor de autos, pero de los usados, porque los de gran porte se venden solos- dijo, Héctor, y todos rieron a carcajadas.
- Y vos, no te mandes mucho la parte con las mujeres- dijo Lino Furlani, fabricante de herramientas agrícolas, tan rico y poderoso como el resto. Se dirigía a Colombo, riéndose abiertamente de él- Bastante das que hablar en el pueblo.
Era verdad, muchos en la ciudad trataban de defenestrar al entusiasta Héctor, no soportaban esa conducta tan afanosa y embriagadora para el sexo débil. Entre ellos Hugo, por supuesto, quien vivía en el mismo barrio del acusado, lugar donde también yo me había criado junto a mis padres. Después lo supe, habían propagado varios relatos acerca de él, algunos enjuiciando sus inclinaciones sexuales, todas injurias surgidas por la envidia de tipos como Hugo. Creía yo eran injurias, lo tenía como un  hombre recatado y  nunca hasta ese momento había dudado de su hombría, o mejor dicho, de sus inclinaciones sexuales. Algunos en cambio, en serio o en broma, analizaba su relación con mujeres, nunca jamás había tenido un flirteo conocido, del barrio al menos, siempre se lo veía con desconocidas, forasteras.
- Este tipo- dijo Héctor señalando a Hugo- es un descarado, nada más. Emplea un tipo de seducción rufianesco, obsesiva. Es simpático, tiene pinta y algo loable: nunca renuncia a sus proyectos. Les gana por cansancio. O bien, termina injuriado por la candidata.
- Buen vendedor de autos usados- dije yo, y todos rieron.
- Usted en cambio- respondió Hugo a Héctor, sin tutearlo- cuida el detalle, no se mezcla con cualquiera, por más linda que sea, si lo va a meter en problemas. Es muy calculador.
- De eso se trata- retrucó Héctor, enorgullecido por la inteligente deducción de su contrincante- A la belleza se puede renunciar, abunda en otros lugares. Renunciar amoríos con mujeres de los alrededores es una táctica muy bien pensada para no tener problemas con los vecinos.
- Claro, los años no vienen solos- acotó el metalúrgico, con el rostro bruñido de alcohol- Diga al muchacho cómo algunas lo hicieron salir de la vaina, je, je, je. ¿Se acuerda de la mujer del carnicero? Terminó contando una historia jodida, ¿eh?
Héctor se puso de mal humor.
- Bueno, esos son imponderables. El riesgo siempre está, sólo hay que saber esquivarlo.
- ¿Qué hubiera hecho Pintos en tu lugar?- argumentó el industrial,  dirigiendo la mirada al joven contendiente.
Hugo calló. El horno no estaba para bollos, demasiado caliente.
- Yo sé lo que hubiera hecho- intervino el gordo de los palillos- se la hubiera cepillado, ja, ja, ja.
- ¿Qué pasó?- pregunté ingenuamente.
- Que con casadas no me meto, y menos si son del barrio.
- ¿Aún a costa de tu honor? La mina puso en duda tu hombría- dijo otro de los invitados.
- Bueno, hay mujeres y mujeres, ésta resultó muy jodida. Yo no salí a refutarla, hubiera sido un escándalo. Se imaginan, un pobre tipo como el marido, lidiando conmigo. Se dio cuenta, la puso en su lugar y me pidió disculpas en su nombre.
- Eso está bien- dijo Hugo, en defensa de su detractor- Había que estar en los zapatos de Héctor, uno debe conservar su lugar en la sociedad, no perderlo por una chiruza.
La mesa rió al unísono.
- Pero, pibe, ¿de qué lado estás?- preguntó, irónicamente, el metalúrgico.
         - Lo que pasa, queridos clientes, es que ustedes no vieron a Héctor actuar en otras latitudes de la ciudad, donde se lo conoce mejor en este campo; es casi tan seductor como yo- respondió Hugo, echándose a reír.
         - Algo debo reconocerte muchacho, quizás tu más notable cualidad- interrumpió Héctor-, la paciencia. No sentís la indiferencia de algunas mujeres, de cada diez ganás una, un trabajo agotador que, sin embargo, te deja satisfecho. Yo no me sentiría conforme pero para vos es un buen promedio, ¿no es así?
- Así es, y se olvida de algo más, querido Héctor, cuando lo consigo renuncio al toque; siempre tengo un argumento para dejar colgada a la dama, y no es como usted dice, ninguna se ofende, je. No hay que enamorar a las mujeres, hay que tentarlas, nada más. Es preferible perder, en algunos casos, antes de ganarse problemas. Usted, en cambio, mantiene relaciones prolongadas, las enamora, las deja en suspenso, suspirando.
- Más que nada por la guita- intervino Tito Robles, riéndose a carcajadas- las pibas tienen toda la ilusión de engancharlo, para el casorio, digo, se hacen el bocho con el bienestar y las riquezas de Colombo, jo, jo, jo...cuando empiezan a hacer proyectos este hijo de puta les corta el rostro.
- No es tan así...
- Algo de eso escuché- se interpuso Luis Aguilar, un viejo acaudalado dueño de una empresa de construcción y otras propiedades- por eso Héctor le escapa a las mujeres del pueblo, prefiere las extranjeras. Éstas no pueden hacer escándalos.
- Mire, don Luis, con todo respeto, usted no sabe nada de mujeres...
- Claro que no, conozco una, nada más, mi mujer, y con ésa sola me basta para figurarme a todas. Nunca me gustó correr tras las faldas, como ustedes, tampoco ninguna corrió tras mío. Prefiero ser viejo, gordo y feo y no caer en esas redes.
- Bueno, la presencia no importa, la guita sí, y usted tiene mucha- dijo Hugo, maliciosamente.
- En esa estoy con vos, pibe. No importa el aspecto...en algunos casos, al menos- respondió el viejo- ¿Qué me dicen de Ramón, eh? Seco, mal hablado y toda una chorrera de minas tras él.
- El pibe es joven, tiene facha- acotó Tito- Las minas se encandilan ante un carilindo. Mi nieta también andaba frita con el pendejo, cuando lo vio trabajando y echo un andrajo, echó culo, je, je, je. No me costó mucho convencerla, la guita es todo, viejo.
- Las pibas adolescentes, puede ser, pero las más grandecitas, andan revoloteando como perras caldeadas. A ésas no les importa mucho la pobreza y el lenguaje.
Ramón Puerta era un muchacho de dudoso origen para todos, nadie sabía aquí de donde venía. Una semana después yo me encontraría frente a él leyendo su legajo policial. El pibe me cayó bien, a pesar de su prontuario, noté una franca inclinación por corregirse. No pensaba descubrirlo, mientras se portara bien; le aconsejé alejarse lo más posible de las mujeres, no le costaba esfuerzos seducirlas, razón suficiente para meterse en problemas. Era albañil, andaba siempre rotoso y era bastante mal hablado. Vivía en uno de los vagones abandonados en la estación de trenes. Allí había, y sigue habiendo, más de diez de esos vehículos estacionados en las vías desde hace quince años, desde la época de Alfonsín, cuando el Gobierno cerró las líneas de trenes del norte. Ramón era uno de esos tipos descriptos por las mujeres como bello; era alto, musculoso, rubio, de ojos celestes, bien formado, en fin, un galán de cine como quien dice. Por supuesto, cuando se lo veía de fajina, trabajando digo, andaba empilchado con ropa rústica, de obrero, mugriento, pero no por eso dejaban ellas de mirarlo al pasar a su lado, a pesar del aspecto. Además, y esa era su mayor atracción entre las damas, el pibe (voy a decirle pibe porque todavía no llegaba a los veinticinco) tenía un rictus pintado en el rostro, como decían ellas, una impronta jugando en esa figura de rasgos perfectos, de adonis, y era un gesto de malicia reflejado en una sonrisa permanente, de labios inclinados a un lado y acompañados por una mirada azul en sus ojos, siempre fulgurantes de deseo, tanto como a ellas les gusta. Además, era inteligente; su patrón, Don Luis Aguilar, el dueño de la empresa constructora, en dos años lo había ascendido de simple ayudante a calificado. Fue increíble para sus compañeros, pero Ramón se hizo profesional del oficio en muy poco tiempo. No obstante, eso no fue todo. Por esa época también había empezado a estudiar en la escuela secundaria nocturna. Era muy educado, aunque con las mujeres, furtivamente inescrupuloso. Tenía una forma de dirigirse a ellas, literalmente, muy frontal, como propuesta de doble sentido. No sé como lo hacía, pero siempre les caía bien, y no era por la pinta, nada más, que las minas le toleraban indiscreciones. Bueno, nunca recurrió a esa estrategia dentro de las seis manzanas, es decir, dentro del barrio. En ese asunto era como Héctor, vivía en esta comarca pero tenía bozal para las mujeres del centro. Ni las miraba, andaba siempre con la cabeza gacha, y hasta los maridos se iban a trabajar tranquilos cuando lo dejaban en sus propias casas haciendo algún trabajito de albañilería. Por eso Ramón era inteligente; todos los hombres del barrio lo conocían, y a todos caía simpático; él era un compinche, como decían algunos, estaba siempre dispuesto para cualquier menester, sabía cocinar asados como ninguno, era el mejor acompañante en las travesías de caza y pesca y el mejor a la hora de charlar en sobremesa, tenía un catálogo de cuentos y chistes siempre actualizado, y la sonrisa fácil. El compañero ideal para los hombres.