Mi historia con Juanita no es de ahora sino de largo. Cuando llegué a los treinta se apareció en mi vida como la luz a un ciego y ahí nomás me emperré con ella como en los poemas. Dos meses después de conocerla arruiné mi vida y la llevé a la playa.
La verdad era que se estaba de diez a aquella hora en los jardines de Los Tatané, a orilla del riacho del pueblo, sintiendo la leve brisa acariciar los poros de mi cuerpo mientras olía uno de mis olores preferidos, el de las margaritas silvestres. Por aquellos días ya sabía que Juanita era una chica con pasado ninfómano; me había contado ella misma, aunque con otro término, en una de nuestras muchísimas batallas, algunas de veracidad discutible y otras de mentira incuestionable.
Aquel era el ocaso de una noche de jarana bolichera que terminó en la playa, en pleno otoño y un día domingo. El lunes siguiente tendría que levantarme a las siete de la mañana para ponerme al frente de una caja de banco a sumar y restar, multiplicar y dividir, contar plata como un condenado, aunque en aquel momento me importaba una mierda todas mis miserias. Estaba al lado de una chica que, sinceramente, no sigue estando tan buena, y esa noche, en la cena, le iba a proponer una cosa.
Fuimos a un bar de la ciudad a comer unas hamburguesas completas con papas fritas, regando aquel manjar de pacotilla con un buen par de cervezas Quilmes y una coca pequeña, que otra cosa no quería beber la verduguera. Bueno, en el momento de retirarnos del comedor de minutas para ir a bailar le dije lo que antes anuncié brevemente. Estaba tan soberanamente loco en aquella época como en cualquier otra época en la que el alcohol circulaba libremente por mis venas. Le propuse matrimonio y ella lo rechazó con un sonoro NO y, manifestando su alegría y mi desazón al mozo, que nos miraba con cara mitad asombrado, mitad alborozado (el puto ya conocía la monta), se rió soberanamente y me prometió compensar mi pesadumbre. Cuando miré el reloj vi que marcaban las doce y cuarto, le dije a mi errada prometida de ponernos en camino a donde quisiera la llevara, pues aun la noche estaba en pañales y yo debía recuperar el aliento, refrescar la mente y olvidar la humillación de verme rechazado por una puta.
Salimos de allí y ella fue guiándome por la ruta, camino de pedregullos, hasta casi llegar a Los Tatané, donde supuse sellaríamos nuestro malogrado compromiso con el consabido polvo de, digamos por decir algo, despedida. Mi sorpresa fue que Juanita toda acaramelada me dio un beso en la mejilla que le quedaba a su lado, mi derecha para quienes lean este relato y jamás se hayan subido a un auto que no sea inglés. Luego me besó el cuello y, miren ustedes por donde, dirigió su mano derecha a mi bragueta, la desabrochó, buscó por entre la ropa mi lacio falo, lo sacó, la miré, me miró, sonrió, se agachó hacia él y, bueno, ahora denle ustedes a su imaginación todo el potencial que puedan para imaginarse lo sucedido.
Juro y perjuro que es muy complicado conducir mientras te la están mamando. Lo primero que ocurrió fue que el coche vio, obligado por las circunstancias, su velocidad reducida. Por suerte estaba el camino a mi placer. Cuando llegó el momento de acabarme, llevado por la inercia, mis ojos se dispararon hacia atrás, mis brazos se agarrotaron y mis manos se abrieron, dando por resultado que el coche vio como buena maniobra irse hacia la cuneta. Cuando me di cuenta de la ruta insospechada, reaccioné y enderecé el coche. Juanita me miró en ese instante, sonrió, abrió su boca, me enseñó mi semen, la cerró, hizo el gesto de tragar y volvió a abrir la boca con el resultado de estar ahora completamente limpia de líquido lechoso.
Llegamos al balneario, y al fin al piso, y fifamos como si aquel día fuera el último de nuestras vidas. A las pocas horas el sol comenzó a aparecerse por entre los árboles, me desperté, la desperté, me desperecé, la besé, la llevé a su pensión y me fui al trabajo. Empezaba de nuevo la rutina. En ese momento, un gato negro se me cruzó en el camino. De ahí mi destino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario