viernes, 10 de junio de 2011

Estado depresivo


Dentro de mis posibilidades, siempre fui propenso a escoger el caballo perdedor. Sea como fuere, siempre me equivoqué en mis decisiones. La última que tomé, el año pasado, fue irme a Corrientes a casa de unos familiares para ver si lejos de mi vida cotidiana podía serenar la ansiedad por las barajas y la bebida, cosa que, lejos de conseguir, empeoró, ya que me fundí el dinero que llevé a los dos días de establecerme en la ciudad. Para no volver a mi casa demasiado pronto, busqué trabajo y lo encontré, en un supermercado, y de pinche, aunque el sueldo era muy bueno. A la semana pedí un adelanto que me concedieron no sin muchas preguntas, y me largué a repetir lo mismo, pero esta vez un poco más apaciguado. Cambié las barajas por los lupanares, con la promesa hecha a mi mismo de visitar cada noche un burdel distinto. En realidad, no es que fuera de monta, lo que hacía era acodillarme al mostrador y charlar de largo con las putas de turno, hasta rebozar la paciencia de alguna o bien empedarme hasta tocar fondo. Es así que durante meses visité los quilombos después de la medianoche, y cuando tocaba ensillar el alazán, levantaba una turra y me corría a la pensión, donde podía tomarme el tiempo que requiere mi equipo de mudanzas. En un cruce de caminos, cuando una noche andaba entre Sodoma y Gomorra pensando en reventarme de una vez por todas, la mujer de Lot convertida en sal se me apareció y me tiró de la manga. Era una rubita de pocas carnes que quería embravecerse en el negocio pero no tenía nada para dar. Je, me quiso embaucar con el tema de la experiencia y le gané de manos (hay que ver cómo chilla el estómago cuando no hay nada para darle), la llevé al bulín, le di de comer un guiso trasnochado y, sin promesas monetarias de por medio, la cepillé de flor como si fuera Graciela Alfano. Por supuesto, mi historia de calavera había pasado al olvido, era consciente de mi decadencia, sin embargo, no hay toro que olvide sus guampas, aunque sea mocho, me hice la ilusión de que podía remar en contra de la corriente y me deschavé, Viagra de por medio. A la mañana la encontré abrazada a mis hombros como si fueran salvavidas en medio del mar. Primero me dio lástima, pobre mina, tan pendeja y tan sola en este mundo, dormía como un tronco y cuando le saqué el brazo de mi cuerpo, pareció perder estabilidad, se acurrucó a la almohada y le habló en consonancia. No la quise despertar, me vestí, preparé el mate y me quedé más de una hora contemplando su escuálida gravedad impregnada en las sábanas. A las 7 de la mañana me fui al laburo, le dejé una nota con las indicaciones de cómo preparar una polenta al tuco. La mina se apegó, a partir de entonces se convirtió en la socia de mis desventuras, hacía la cama, preparaba el desayuno, el almuerzo y la cena, lavaba mis lienzos, me revolvía las pulgas y dormía como un lirón. Sentí que la vida valía la pena vivirla, aunque fuera con una chica que estaba más para el sanitario que para la vida, y no era justamente la gravedad de su cuerpo lo que podía acobardarme, la calidez de su genio era mucho más agradable que soportar las puntas de sus huesos hincándome las extremidades. Dos meses después su aspecto cambió en forma considerable, se rellenó el cuerpo de pulposidad y la cara de una redondez tan sonora que sus mejillas se hinchaban para dar lugar a dos hoyuelos simpáticos en la superficie, los que se hundían en una profundidad desmedida cuando la sonrisa asomaba a su boca. Los chicos del vecindario comenzaron a festejarla y yo a ponerme celoso, a tal punto que llegamos a discutir un par de veces antes de que agarrara sus pilchas y sin decirme gracias por los favores recibidos se mandara a mudar a la casa de un albañil de treinta y pico, vecino de la mía. No se fue sola, arrastró consigo algunos bártulos, la TV, la radio, unas colchas y mis pocos ahorros. Ni  hablar de recuperarlos, el morocho medía dos de alto y uno de ancho, tenía cara de mono y unos puños de terror.       
 Y después, de vuelta a lo mismo, me largué a chupar en todos los bares a la redonda y sin consuelo. Al finalizar ese mes, cobré el sueldo y dejé el trabajo, ya que sentía que fuera donde fuera, mi enfermedad iba conmigo y la única manera de hacerle frente era con ayuda médica. Con los bolsillos llenos de vil metal, camino de ABIPONIA, mi pueblo, paré en un restaurante a comer y en una tragamonedas dilapidé casi todo el dinero ganado. Con mi simpático sentimiento de culpabilidad recorrí el camino que faltaba para llegar a casa, a toda velocidad, rogando en cada curva una pisca de suerte para que el coche volcara y acabara  mi mala leche. Pero llegué intacto a Abiponia, subí la mochila al cuarto, saqué la ropa, la dejé en el lavadero a la espera de ser introducida en la lavarropas y me fui con el dinero que me quedaba a emborracharme.
No recuerdo cómo llegué al Pub 14, ni el por qué ahí, ya que era un lugar que no me gustaba en absoluto, pero pedí a Soquic me sirviera un Smuggler con coca cola, y, con la borrachera, empecé a insinuarme a su mujer. Ella, como es evidente, no me hizo ni puto caso, lo que me sumió en la tristeza y cuando fuí al baño a evacuar, de paso, destrocé de bronca la pileta y el inodoro. Salí como pude del local y cuando iba a los tumbos por la plaza del centro me alcanzó Soquic y empezó a pegarme puñetazos en el cuello. No me defendí porque no sé hacer frente a una pelea y porque me sentía culpable del destrozo. Cuando Soquic se cansó de darme por todo el cuerpo ya nos había rodeado numeroso público, que me observaba con los pantalones caídos  pidiendo todo el tiempo perdón; Soquic dejó de torturarme y se marchó, pero no sin  antes amenazarme con un si volvía a verme otra vez por su local me echaba a patadas. Me levanté los pantalones y me fui llorando hasta el coche, donde quedé  dos horas pensando en mis miserias. Luego encendí el motor y me dirigí al bar de Paco, pedí un primer whiskey, al que le siguieron otros diez, y empedo como estaba me subí al Volkswagen, lo arranqué, conduje por la ruta y a la altura de mi barrio, perdí el control y choqué contra dos coches bien estacionados. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, mi cabeza dio en el parabrisas, que se hizo añicos por el golpe, doblando el volante con mi abdomen. Cuando recapacité y me di cuenta de lo que había pasado, me puse a reír a carcajadas ante un grupo de curiosos que me miraba con asombro.  Como pude salí del coche y vi en el estado que había quedado. Dejé de reírme para tratar con los policías que se habían hecho presentes en el lugar, a los que conté que estaba bajo medicación por depresión, que hacía minutos me habían pegado una paliza y que pensé en quitarme la vida chocando contra esos coches. Me hicieron la prueba de alcoholemia y dio muy positivo, entonces me llevaron detenido a la comisaría, donde empieza otra historia que quizá otro día les cuente.

La ratonera



Antes de comenzar a escribir estas notas primero había pasado un buen tiempo pensando cómo mierda había llegado a esa situación vergonzante, la de tomar Internet como medio para comunicarme con mujeres y hacer propuestas de amor y sexo escondiendo mi identidad tras una fotos falsas y una verborragia de chivo intelectual. Hasta donde me llegaba la memoria, y durante cincuenta y pico de años de vida, nunca me había costado un ápice encarar una mina, lo hacía cara a cara e incluso con aliento de ajo y cebolla en la boca, y olor a chivo en las axilas, quitándome la cera de las orejas utilizando los dedos como tenazas o escupiendo los catarros a ambos lados de mis hombros sin que me inquietara la presencia de una fulana. Y menos me cuidé jamás del vocabulario utilizado para ganarles la delantera.
Luego de tanto pensar llegué finalmente a la conclusión de que las mujeres, aquellas que habían caído en mis brazos en algún momento de mi vida, al menos una media docena de ellas, habían decidido vengarse de mis arrebatos machistas utilizando a la única que había logrado enredarme con artimañas para hacerme el coco.
Para eso contaron con las desviaciones innatas de mi querida Juanita, a quien le encantaba, y le encanta, enfiestarse con dos o tres candidatos a la vez, mamarse algunas lechuzas y tumbarse todos los muñecos a su disposición. Pero además de esa ventaja debieron trabajar muy duro para armar un teatro de operaciones, arena circence completa, con pista de espectáculos, animales adiestrados, equilibristas y trapecistas, y una vez terminado el montaje, afincarme al escenario para interpretar mi papel de payaso.
Fue así que pudieron enroscarme la víbora y poner la pata en la trampa, cuando luego de tantos preparativos una tarde cualquiera me apersoné al “Pub 14” con intención de sorberme algunas ginebras y filtrarme algunos cigarros mientras hablaba de bueyes perdidos con los feligreses del lugar. Después de un rato de estar ahí sacándole chispas a mi lengua de chupasangre, inclinado sobre el mostrador escuché a dos nuevos parroquianos preguntarle a Sociq (el dueño del Pub) si sabía de alguien que podía llevarlos a la Ratonera. Yo era alguien, tenía la Traffic estacionada por ahí en la calle y tenía ganas de conocer la Ratonera, por lo que me acerqué y les dije que yo mismo los podía llevar. Nos presentamos; el más bajito y con pinta de indio enjabonado se llamaba Pelín, el más alto y con la cabeza rapada se llamaba Pupo. Yo, Perico, mucho gusto.
Así, hechas las presentaciones, me llamó Sociq a una parte de su local. Allí me dijo que tuviera cuidado con esos pavos, que no eran de fiar y que probablemente me meterían una trampa.
- ¿Con esa pinta de ladrilleros?-espeté yo.
- No importa lo que parezcan, tenga cuidado- me respondió.
Salimos hacia la Traffic, la arranqué y puse dirección al misterioso tugurio La Ratonera. Dentro de la camioneta me ofrecieron sexo gratis cuando llegáramos al lugar, pero yo rechacé cortésmente la invitación diciéndoles que me bastaba para conseguirlo y no acostumbraba a ir a buscarlo a esos lugares. Ellos se echaron a reír abriendo la boca como aspiradoras recogiendo toda la mierda del planeta.
Al rato de andar llegamos a la Ratonera, enfilamos hacia el local y entramos por la puerta principal como dueños de casa. Era el típico lupanar donde los especímenes se ponen en fila para que el cliente señale con el dedo cual es el culo que más le gusta. El más chiquitín de mis compañeros se acercó al de la barra, cuchicheó con el cantinero unos minutos y enseguida le pasó algo a la mano.
-Pago por los tres- dijo Pelín, y se puso a mirar los culos que desfilaban frente suyo.
- Si querían mujeres de éstas la hubieran conseguido en cualquier esquina- le dije al más alto- Para qué venir hasta aquí si lo que querían eran unos cucos.
- Porque en este garito tenemos crédito- me contestó Pupo.
Al momento los especímenes cuasi femeninos empezaron a desfilar frente a nosotros como lo hacen las modelos sobre la pasarela, una tras otra en fila india, pero éstas mostrando sus carnes miserablemente flácidas y desproporcionadas como si fueran un plato de exquisitez hedionda apetecible únicamente a los seres imaginarios llamados Ogros.
Yo prestaba atención como observador impasible, y de entre todos esos adefesios me pareció reconocer a uno de figura muy familiar, de vientre caído, senos elásticos, piernas gruesas y glúteos celulíticos; el calzón se le metía por el surco imperfecto de las nalgas flacas y chatas, que yo conocía muy bien por experiencia diaria, cuyo remate superior lo coronaba un tatuaje de trazos gruesos mal encastrados, producto quizás de una atención quirúrgica de dudosa profesionalidad, o de una rotura violenta de culo a manos de un burro salvaje y de pija descomedida. Y tanto me pareció familiar ese ejemplar que salté de la butaca, atropellé la fila de modelaje, tomé la quijada del susodicho prototipo con mi mano derecha, y la torcí violentamente hacia mí para ver su rostro de cerca.
Pelín y Pupo empezaron a cagarse de risa al cabo que yo reconocía la cara puntiaguda y porosa de Juanita.
-Queremos esta sola para los dos- gritó Pelín al encargado de la barra- vamos a hacernos los toros con esta vaca avarienta, jua, jua, jua.
Yo me puse como una montaña de grande y enfadado, y no porque estuviera celoso de la malparida de Juanita, que ya de antemano conocía por donde se perfilaban sus gustos, sólo de verlos reírse de mi orgulloso machismo a esos dos gusanosos es que empecé a encabritarme, y a bendecirlos con la imagen de la virgen de Guadalupe grabada en mi navajón de dos muelles, dos filos y treinta centímetros de longitud; les grité que había llegado la hora de cortarle el cuello a un par de ratas, y que lo iba a hacer luego de verlos aguijonearse a mi puta por ambos lados. Los perrunos se pusieron blancos de la turbación al verme en esa actitud, retrocedieron unos pasos hacia la puerta decidiendo que era hora de salir de aquel embole, pero les gané de mano y con la cabellera de la chiruza prendida en mi mano izquierda la arrastré conmigo para atascar con ambos cuerpos la de algarrobo y así frustrarles la fuga. El Pelín y el Pupo me pidieron calma, que ellos habían sido enlistados por otra gente para tomarme el pelo, que no tenían nada que ver y que la culpa era de la puta de Juanita que quería humillarme tirándome a la cara su miserable debilidad fóbica por la poronga, como si yo no supiera y recién viniera a enterarme de sus berrinches sexuales; ya los conocía desde hacía más de un cuarto de siglo y ésa justamente había sido la razón por la que me había unido al tren de vida de la miserable.
Ahí fue cuando me acordé de Sociq y su atisbo de carcajada antes de salir del Pub 14,  y de la madre que me dio a luz.
-¡Que los parió!- les grité- ahora voy a cortarle los huevos y a marcar la cara de esta trigueña.
Ellos sabían que volaba de los nervios y que podían esperar cualquier cosa de mí, y como el dueño del local no decía esta boca es mía, empezaron a rezar como dos devotos de la Virgen del Rosario. En ese momento entraron una pareja de muchachos en busca de lo que a Juanita le gusta regalar por puro gusto, y a Pelín y Pupo se les abrió las puertas del cielo, salieron cagando hacia la calle, y de allí a la oscuridad de la noche. Yo salí tras ellos, dejando allí a mi media naranja en su salsa, que para eso había nacido ella, para mamarse y comerse todas las pijas posibles. Me dirigí hacia la Traffic, de allí hacia la ruta y de allí hacia mi casa. En mi vida volví a cruzarme con aquellos dos cagones de la joda, no tengo ni idea de si viven aquí, acá, o si se hicieron monjes de la Orden de los Culetazos, sólo sé que en el Pub de Sociq, por respeto y miedo a mi persona, jamás si hizo alusión al hecho. JE.

El gato negro



Mi historia con Juanita no es de ahora sino de largo. Cuando llegué a los treinta  se apareció en mi vida como la luz a un ciego y ahí nomás me emperré con ella como en los poemas. Dos meses después de conocerla arruiné mi vida y la llevé a la playa.
La verdad era que se estaba de diez a aquella hora en los jardines de Los Tatané, a orilla del riacho del pueblo, sintiendo la leve brisa acariciar los poros de mi cuerpo mientras olía uno de mis olores preferidos, el de las margaritas silvestres. Por aquellos días  ya sabía que Juanita era una chica con pasado ninfómano; me había contado ella misma, aunque con otro término, en una de nuestras muchísimas batallas, algunas de veracidad discutible y otras de mentira incuestionable.
Aquel era el ocaso de una noche de jarana bolichera que terminó en la playa, en pleno otoño y un día domingo. El lunes siguiente tendría que levantarme a las siete de la mañana para ponerme al frente de una caja de banco a sumar y restar, multiplicar y dividir, contar plata como un condenado, aunque en aquel momento me importaba una mierda todas mis miserias. Estaba al lado de una chica que, sinceramente, no sigue estando tan buena, y esa noche, en la cena, le iba a proponer una cosa.
Fuimos a un bar de la ciudad a comer unas hamburguesas completas con papas fritas, regando aquel manjar de pacotilla con un buen par de cervezas Quilmes y una coca pequeña, que otra cosa no quería beber la verduguera. Bueno, en el momento de retirarnos del comedor de minutas para ir a bailar le dije lo que antes anuncié brevemente. Estaba tan soberanamente loco en aquella época como en cualquier otra época en la que el alcohol circulaba libremente por mis venas. Le propuse matrimonio y ella lo rechazó con un sonoro NO y, manifestando su alegría y mi desazón al mozo, que nos miraba con cara mitad asombrado, mitad alborozado (el puto ya conocía la monta), se rió soberanamente y me prometió compensar mi pesadumbre. Cuando miré el reloj vi que marcaban las doce y cuarto, le dije a mi errada prometida de ponernos en camino a donde quisiera la llevara, pues aun la noche estaba en pañales y yo debía recuperar el aliento, refrescar la mente y olvidar la humillación de verme rechazado por una puta.
Salimos de allí y ella fue guiándome por la ruta, camino de pedregullos, hasta casi llegar a Los Tatané, donde supuse sellaríamos nuestro malogrado compromiso con el consabido polvo de, digamos por decir algo, despedida. Mi sorpresa fue que Juanita toda acaramelada me dio un beso en la mejilla que le quedaba a su lado, mi derecha para quienes lean este relato y jamás se hayan subido a un auto que no sea inglés. Luego me besó el cuello y, miren ustedes por donde, dirigió su mano derecha a mi bragueta, la desabrochó, buscó por entre la ropa mi lacio falo, lo sacó, la miré, me miró, sonrió, se agachó hacia él y, bueno, ahora denle ustedes a su imaginación todo el potencial que puedan para imaginarse lo sucedido.
Juro y perjuro que es muy complicado conducir mientras te la están mamando. Lo primero que ocurrió fue que el coche vio, obligado por las circunstancias, su velocidad reducida. Por suerte estaba el camino a mi placer. Cuando llegó el momento de acabarme, llevado por la inercia, mis ojos se dispararon hacia atrás, mis brazos se agarrotaron y mis manos se abrieron, dando por resultado que el coche vio como buena maniobra irse hacia la cuneta. Cuando me di cuenta de la ruta insospechada, reaccioné y enderecé el coche. Juanita me miró en ese instante, sonrió, abrió su boca, me enseñó mi semen, la cerró, hizo el gesto de tragar y volvió a abrir la boca con el resultado de estar ahora completamente limpia de líquido lechoso.
Llegamos al balneario, y al fin al piso, y fifamos como si aquel día fuera el último de nuestras vidas. A las pocas horas el sol comenzó a aparecerse por entre los árboles, me desperté, la desperté, me desperecé, la besé, la llevé a su pensión y me fui al trabajo. Empezaba de nuevo la rutina. En ese momento, un gato negro se me cruzó en el camino. De ahí mi destino.

Amor al instante



En lo que se refiere a la escritura, no sé cómo empezar a hablar de mí, hace tanto el tiempo que trato de entrar en circulación creativa y no doy en el clavo que me siento más perdido que perro en cancha de bochas. Por eso mismo, para dar el puntapié inicial a este discurso verosímil, y aunque suene tan trillado como lo era el Había una vez...de los cuentos de hadas, lo haré recurriendo al dicho de alguien que no era muy sabio pero si coherente a la hora de crear frases, Pero Grullo creo se llamaba, y que dijo una vez que para comenzar algo hay que hacerlo desde un principio. A eso me limitaré, seguiré un principio, desplegaré un desarrollo y terminaré con un final, valgan las redundancias utilizadas para el caso, de forma que se convierta en una constante esta serie de escritos míos, que hablan de cosas que tengo dentro y quiero sacar al exterior.
Para empezar, hoy hablaré de mi nulo éxito de conseguir conectarme con alguien del sexo opuesto a través de cualquier medio, incluso Internet. Soy un negado y lo doy por hecho.
Hubo alguien antes, una tal Juanita, y de ella viene la desesperanza, que me hartó y molestó con sus quejas sobre mi ruinosa apariencia física, a quien desprecio además por asco a sus costumbres libidinosas y sus relaciones insidiosas con círculos “non sanctos” de la sociedad; ella y ellos confabularon enfermizamente para destruir lo poco de bueno que había en mí, y lo hicieron a través de actos perjuros de índole psicológica que terminaron por acabarme en tan solo tres años. Durante ese lapso me abandoné intermitentemente a los vicios para convertir mi antigua estampa de buen mozo en este chasis decadente y bastante lamentable que porto en la actualidad.
Con ésas debo vérmelas, y en ésas estoy, un trabajo arduo y difícil ya que me gustaría cambiar y ser otro, no el que se ve reflejado en el espejo. Para eso empecé a cuidarme, hace pocos días, y durante seis meses llevaré un régimen severo gracias al cual, promesa médica de por medio, habré adelgazado unos seis kilos, uno por mes.
¡Qué fastidio, en tus manos estoy, santa paciencia!
Con respecto a lo expuesto párrafos más arriba, en un principio intenté hacerme de una relación a través del chat, que tiene mucha aceptación entre los de mi condición, la raza de pobres caballeros fracasados. Busqué en la comunicación satelital a mujeres de mediana edad, hasta los cuarenta, que son las que me gustan de veraz; pero no encontraba aceptables, y cuando las encontraba, no les interesaba porque soy de casi sesenta, así que, descartadas las cuarentonas, observé que las demás eran aún mas desechables, pendejas o viejas muy inseguras, preguntonas, que querían saber sobre la partida de nacimiento, sobre el trabajo, sobre el sueldo y hasta sobre...el certificado de defunción... Claro, al responder yo a esas preguntas, que soy un pobre vendedor ambulante, y encima con pretensiones literarias, todas me mandaban de paseo a mi propio mundo. De esa forma (tengo el espíritu tan disperso como las migas del pan rallado), me sentía atropellado y poco escuchado, a tal punto que dejé de escribir lo mío para escuchar y leer lo de los otros,  me volví más huraño aún, y más mentiroso.
¿Cómo es eso? Pues bien, mientras la desazón se iba confinando en mi espíritu, creé un portal en la red, donde ofrecía encontrar el amor, con el sugerente nombre de “Amor al instante”. La página llamó la atención a muchos, y muchas, la conocían y se registraban, miles, y aunque parezca mentira, la esperanza es lo último que se pierde.
Y vuelta a lo de antes, aunque esta vez viendo la cara de la persona a la que se quería conocer, todo dependiendo de si ponía la foto o no. Yo puse una  de diez años atrás, cuando aún estaba presentable (tramposo, no?) y así entablé relación con más de 30 mujeres, si no me quedo corto. Con todas me presentaba como un buen tipo, y bla, bla, bla, bla… y a las que terminaban por no gustarme les hacía ver que vivía muy lejos o que no trabajaba y no era lo que les interesaba, y otras mentiras más.
De las otras, las que me gustaban, “una” mordió la carnada, quizás engañada por la foto antigua que yo había puesto en el portal, o porque la seduje con mi estilo de escritura; la cuestión fue que la presa quedó prendida del anzuelo, aunque después me percaté que el pescado había sido yo.
Una mañana de marzo me tomé las de villa diego, desenchufé la computadora, cargué unas vituallas en el furgón de la camioneta, colchón, algunas pilchas, el equipo de mate, y a mi hermano menor, otro soltero empedernido. A las 14 hs de un día miércoles nos hallábamos en la ciudad de Corrientes, a tan solo quince kilómetros de Paso de la Patria, el destino soñado por mí como una bendición. Cuando llegamos a esa ciudad, lo primero que hice fue darme una vuelta por el negocio del que era dueña la presa de la que yo creía haber hecho una engañifa y a quien pensaba sorprender con mi presencia de galán bien bruñido. Je, la fulana tenía la cara pintada como la foto editada en el portal, pero después del cuello hacia abajo se ensanchaba tanto su cuerpo que me pareció estar frente una de las pirámides de Egipto.
- Phillips Morris box de 20- pedí, sacando el billete que me había cedido mi hermano, el encargado de los gastos.
         La gorda estiró la mano a la cigarrera colgada en la pared, buscando a tientas el casillero del producto para no desviar la vista de la pantalla de la “compu”.
- ¿”Fana” de algún portal?- pregunté, haciéndome el desentendido.
         La quiosquera me miró a los ojos y frunció el ceño.
- “Amor al instante”, ¿lo conoce?- inquirió, pasándome el vuelto de los veinte pesos.
         - ¿La verdad?, no- respondí.
         - No pierde nada, es la página de un estúpido que todavía cree puede engañar a las mujeres.
         Dí media vuelta y encaré la puerta de salida, en cuyo dintel se hallaba colgado un cartel escrito con letras de molde: “Reclame el vuelto antes de salir”. Me pareció que la gorda seguía posando sus ojos en mí en el momento que traspasaba el vano sin decir palabra alguna y sin saludar. Cuando subí a la camioneta eché una última mirada hacia el interior del pequeño negocio; tras la vidriera vi a la protagonista de mi desilusión inclinada al monitor sacándose los mocos de la nariz con el dedo meñique.
         - ¿Qué compraste además de puchos?- preguntó mi hermano al contar el dinero del vuelto.    
         - Eso, nada más ¿por qué?- respondí, encendiendo el motor de la Traffic.
         - Porque te dio mal el vuelto, faltan cinco pesos.
         - ¡Gorda puta!- dije, acelerando hacia el hotel.