En lo que se refiere a la escritura, no sé cómo empezar a hablar de mí, hace tanto el tiempo que trato de entrar en circulación creativa y no doy en el clavo que me siento más perdido que perro en cancha de bochas. Por eso mismo, para dar el puntapié inicial a este discurso verosímil, y aunque suene tan trillado como lo era el Había una vez...de los cuentos de hadas, lo haré recurriendo al dicho de alguien que no era muy sabio pero si coherente a la hora de crear frases, Pero Grullo creo se llamaba, y que dijo una vez que para comenzar algo hay que hacerlo desde un principio. A eso me limitaré, seguiré un principio, desplegaré un desarrollo y terminaré con un final, valgan las redundancias utilizadas para el caso, de forma que se convierta en una constante esta serie de escritos míos, que hablan de cosas que tengo dentro y quiero sacar al exterior.
Para empezar, hoy hablaré de mi nulo éxito de conseguir conectarme con alguien del sexo opuesto a través de cualquier medio, incluso Internet. Soy un negado y lo doy por hecho.
Hubo alguien antes, una tal Juanita, y de ella viene la desesperanza, que me hartó y molestó con sus quejas sobre mi ruinosa apariencia física, a quien desprecio además por asco a sus costumbres libidinosas y sus relaciones insidiosas con círculos “non sanctos” de la sociedad; ella y ellos confabularon enfermizamente para destruir lo poco de bueno que había en mí, y lo hicieron a través de actos perjuros de índole psicológica que terminaron por acabarme en tan solo tres años. Durante ese lapso me abandoné intermitentemente a los vicios para convertir mi antigua estampa de buen mozo en este chasis decadente y bastante lamentable que porto en la actualidad.
Con ésas debo vérmelas, y en ésas estoy, un trabajo arduo y difícil ya que me gustaría cambiar y ser otro, no el que se ve reflejado en el espejo. Para eso empecé a cuidarme, hace pocos días, y durante seis meses llevaré un régimen severo gracias al cual, promesa médica de por medio, habré adelgazado unos seis kilos, uno por mes.
¡Qué fastidio, en tus manos estoy, santa paciencia!
Con respecto a lo expuesto párrafos más arriba, en un principio intenté hacerme de una relación a través del chat, que tiene mucha aceptación entre los de mi condición, la raza de pobres caballeros fracasados. Busqué en la comunicación satelital a mujeres de mediana edad, hasta los cuarenta, que son las que me gustan de veraz; pero no encontraba aceptables, y cuando las encontraba, no les interesaba porque soy de casi sesenta, así que, descartadas las cuarentonas, observé que las demás eran aún mas desechables, pendejas o viejas muy inseguras, preguntonas, que querían saber sobre la partida de nacimiento, sobre el trabajo, sobre el sueldo y hasta sobre...el certificado de defunción... Claro, al responder yo a esas preguntas, que soy un pobre vendedor ambulante, y encima con pretensiones literarias, todas me mandaban de paseo a mi propio mundo. De esa forma (tengo el espíritu tan disperso como las migas del pan rallado), me sentía atropellado y poco escuchado, a tal punto que dejé de escribir lo mío para escuchar y leer lo de los otros, me volví más huraño aún, y más mentiroso.
¿Cómo es eso? Pues bien, mientras la desazón se iba confinando en mi espíritu, creé un portal en la red, donde ofrecía encontrar el amor, con el sugerente nombre de “Amor al instante”. La página llamó la atención a muchos, y muchas, la conocían y se registraban, miles, y aunque parezca mentira, la esperanza es lo último que se pierde.
Y vuelta a lo de antes, aunque esta vez viendo la cara de la persona a la que se quería conocer, todo dependiendo de si ponía la foto o no. Yo puse una de diez años atrás, cuando aún estaba presentable (tramposo, no?) y así entablé relación con más de 30 mujeres, si no me quedo corto. Con todas me presentaba como un buen tipo, y bla, bla, bla, bla… y a las que terminaban por no gustarme les hacía ver que vivía muy lejos o que no trabajaba y no era lo que les interesaba, y otras mentiras más.
De las otras, las que me gustaban, “una” mordió la carnada, quizás engañada por la foto antigua que yo había puesto en el portal, o porque la seduje con mi estilo de escritura; la cuestión fue que la presa quedó prendida del anzuelo, aunque después me percaté que el pescado había sido yo.
Una mañana de marzo me tomé las de villa diego, desenchufé la computadora, cargué unas vituallas en el furgón de la camioneta, colchón, algunas pilchas, el equipo de mate, y a mi hermano menor, otro soltero empedernido. A las 14 hs de un día miércoles nos hallábamos en la ciudad de Corrientes, a tan solo quince kilómetros de Paso de la Patria , el destino soñado por mí como una bendición. Cuando llegamos a esa ciudad, lo primero que hice fue darme una vuelta por el negocio del que era dueña la presa de la que yo creía haber hecho una engañifa y a quien pensaba sorprender con mi presencia de galán bien bruñido. Je, la fulana tenía la cara pintada como la foto editada en el portal, pero después del cuello hacia abajo se ensanchaba tanto su cuerpo que me pareció estar frente una de las pirámides de Egipto.
- Phillips Morris box de 20- pedí, sacando el billete que me había cedido mi hermano, el encargado de los gastos.
La gorda estiró la mano a la cigarrera colgada en la pared, buscando a tientas el casillero del producto para no desviar la vista de la pantalla de la “compu”.
- ¿”Fana” de algún portal?- pregunté, haciéndome el desentendido.
La quiosquera me miró a los ojos y frunció el ceño.
- “Amor al instante”, ¿lo conoce?- inquirió, pasándome el vuelto de los veinte pesos.
- ¿La verdad?, no- respondí.
- No pierde nada, es la página de un estúpido que todavía cree puede engañar a las mujeres.
Dí media vuelta y encaré la puerta de salida, en cuyo dintel se hallaba colgado un cartel escrito con letras de molde: “Reclame el vuelto antes de salir”. Me pareció que la gorda seguía posando sus ojos en mí en el momento que traspasaba el vano sin decir palabra alguna y sin saludar. Cuando subí a la camioneta eché una última mirada hacia el interior del pequeño negocio; tras la vidriera vi a la protagonista de mi desilusión inclinada al monitor sacándose los mocos de la nariz con el dedo meñique.
- ¿Qué compraste además de puchos?- preguntó mi hermano al contar el dinero del vuelto.
- Eso, nada más ¿por qué?- respondí, encendiendo el motor de la Traffic.
- Porque te dio mal el vuelto, faltan cinco pesos.
- ¡Gorda puta!- dije, acelerando hacia el hotel.
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