viernes, 10 de junio de 2011

Estado depresivo


Dentro de mis posibilidades, siempre fui propenso a escoger el caballo perdedor. Sea como fuere, siempre me equivoqué en mis decisiones. La última que tomé, el año pasado, fue irme a Corrientes a casa de unos familiares para ver si lejos de mi vida cotidiana podía serenar la ansiedad por las barajas y la bebida, cosa que, lejos de conseguir, empeoró, ya que me fundí el dinero que llevé a los dos días de establecerme en la ciudad. Para no volver a mi casa demasiado pronto, busqué trabajo y lo encontré, en un supermercado, y de pinche, aunque el sueldo era muy bueno. A la semana pedí un adelanto que me concedieron no sin muchas preguntas, y me largué a repetir lo mismo, pero esta vez un poco más apaciguado. Cambié las barajas por los lupanares, con la promesa hecha a mi mismo de visitar cada noche un burdel distinto. En realidad, no es que fuera de monta, lo que hacía era acodillarme al mostrador y charlar de largo con las putas de turno, hasta rebozar la paciencia de alguna o bien empedarme hasta tocar fondo. Es así que durante meses visité los quilombos después de la medianoche, y cuando tocaba ensillar el alazán, levantaba una turra y me corría a la pensión, donde podía tomarme el tiempo que requiere mi equipo de mudanzas. En un cruce de caminos, cuando una noche andaba entre Sodoma y Gomorra pensando en reventarme de una vez por todas, la mujer de Lot convertida en sal se me apareció y me tiró de la manga. Era una rubita de pocas carnes que quería embravecerse en el negocio pero no tenía nada para dar. Je, me quiso embaucar con el tema de la experiencia y le gané de manos (hay que ver cómo chilla el estómago cuando no hay nada para darle), la llevé al bulín, le di de comer un guiso trasnochado y, sin promesas monetarias de por medio, la cepillé de flor como si fuera Graciela Alfano. Por supuesto, mi historia de calavera había pasado al olvido, era consciente de mi decadencia, sin embargo, no hay toro que olvide sus guampas, aunque sea mocho, me hice la ilusión de que podía remar en contra de la corriente y me deschavé, Viagra de por medio. A la mañana la encontré abrazada a mis hombros como si fueran salvavidas en medio del mar. Primero me dio lástima, pobre mina, tan pendeja y tan sola en este mundo, dormía como un tronco y cuando le saqué el brazo de mi cuerpo, pareció perder estabilidad, se acurrucó a la almohada y le habló en consonancia. No la quise despertar, me vestí, preparé el mate y me quedé más de una hora contemplando su escuálida gravedad impregnada en las sábanas. A las 7 de la mañana me fui al laburo, le dejé una nota con las indicaciones de cómo preparar una polenta al tuco. La mina se apegó, a partir de entonces se convirtió en la socia de mis desventuras, hacía la cama, preparaba el desayuno, el almuerzo y la cena, lavaba mis lienzos, me revolvía las pulgas y dormía como un lirón. Sentí que la vida valía la pena vivirla, aunque fuera con una chica que estaba más para el sanitario que para la vida, y no era justamente la gravedad de su cuerpo lo que podía acobardarme, la calidez de su genio era mucho más agradable que soportar las puntas de sus huesos hincándome las extremidades. Dos meses después su aspecto cambió en forma considerable, se rellenó el cuerpo de pulposidad y la cara de una redondez tan sonora que sus mejillas se hinchaban para dar lugar a dos hoyuelos simpáticos en la superficie, los que se hundían en una profundidad desmedida cuando la sonrisa asomaba a su boca. Los chicos del vecindario comenzaron a festejarla y yo a ponerme celoso, a tal punto que llegamos a discutir un par de veces antes de que agarrara sus pilchas y sin decirme gracias por los favores recibidos se mandara a mudar a la casa de un albañil de treinta y pico, vecino de la mía. No se fue sola, arrastró consigo algunos bártulos, la TV, la radio, unas colchas y mis pocos ahorros. Ni  hablar de recuperarlos, el morocho medía dos de alto y uno de ancho, tenía cara de mono y unos puños de terror.       
 Y después, de vuelta a lo mismo, me largué a chupar en todos los bares a la redonda y sin consuelo. Al finalizar ese mes, cobré el sueldo y dejé el trabajo, ya que sentía que fuera donde fuera, mi enfermedad iba conmigo y la única manera de hacerle frente era con ayuda médica. Con los bolsillos llenos de vil metal, camino de ABIPONIA, mi pueblo, paré en un restaurante a comer y en una tragamonedas dilapidé casi todo el dinero ganado. Con mi simpático sentimiento de culpabilidad recorrí el camino que faltaba para llegar a casa, a toda velocidad, rogando en cada curva una pisca de suerte para que el coche volcara y acabara  mi mala leche. Pero llegué intacto a Abiponia, subí la mochila al cuarto, saqué la ropa, la dejé en el lavadero a la espera de ser introducida en la lavarropas y me fui con el dinero que me quedaba a emborracharme.
No recuerdo cómo llegué al Pub 14, ni el por qué ahí, ya que era un lugar que no me gustaba en absoluto, pero pedí a Soquic me sirviera un Smuggler con coca cola, y, con la borrachera, empecé a insinuarme a su mujer. Ella, como es evidente, no me hizo ni puto caso, lo que me sumió en la tristeza y cuando fuí al baño a evacuar, de paso, destrocé de bronca la pileta y el inodoro. Salí como pude del local y cuando iba a los tumbos por la plaza del centro me alcanzó Soquic y empezó a pegarme puñetazos en el cuello. No me defendí porque no sé hacer frente a una pelea y porque me sentía culpable del destrozo. Cuando Soquic se cansó de darme por todo el cuerpo ya nos había rodeado numeroso público, que me observaba con los pantalones caídos  pidiendo todo el tiempo perdón; Soquic dejó de torturarme y se marchó, pero no sin  antes amenazarme con un si volvía a verme otra vez por su local me echaba a patadas. Me levanté los pantalones y me fui llorando hasta el coche, donde quedé  dos horas pensando en mis miserias. Luego encendí el motor y me dirigí al bar de Paco, pedí un primer whiskey, al que le siguieron otros diez, y empedo como estaba me subí al Volkswagen, lo arranqué, conduje por la ruta y a la altura de mi barrio, perdí el control y choqué contra dos coches bien estacionados. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, mi cabeza dio en el parabrisas, que se hizo añicos por el golpe, doblando el volante con mi abdomen. Cuando recapacité y me di cuenta de lo que había pasado, me puse a reír a carcajadas ante un grupo de curiosos que me miraba con asombro.  Como pude salí del coche y vi en el estado que había quedado. Dejé de reírme para tratar con los policías que se habían hecho presentes en el lugar, a los que conté que estaba bajo medicación por depresión, que hacía minutos me habían pegado una paliza y que pensé en quitarme la vida chocando contra esos coches. Me hicieron la prueba de alcoholemia y dio muy positivo, entonces me llevaron detenido a la comisaría, donde empieza otra historia que quizá otro día les cuente.

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